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Revista Digital de la Unidad Académica de Docencia Superior,
Universidad Autónoma de Zacatecas, ISSN: 2594-0449.

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El mal diabólico y la inteligencia artificial por Alberto Ortiz y Víctor Manuel Chávez Ríos

Julio-diciembre 2026, número 35.
Nostalgia, óleo sobre lona, 130x120cm. Autor: Rogelio Aguilar

Ortiz, Alberto y Chávez Ríos, Víctor Manuel. (2026). El mal diabólico y la inteligencia artificial. Revista digital FILHA. julio-diciembre. Número 35. Publicación semestral. Zacatecas, México: Universidad Autónoma de Zacatecas. Disponible en: http://www.filha.com.mx. ISSN: 2594-0449. 

Alberto Ortiz. Mexicano. Docente investigador del Doctorado en Estudios Novohispanos y la Licenciatura en Letras de la Universidad Autónoma de Zacatecas, México. Tiene las distinciones del Sistema Nacional de Investigadores, nivel 2, y el perfil PRODEP. Lidera el Cuerpo Académico UAZ 180: “Historia y crítica de la relación entre la literatura y la Nueva España”. Es miembro del grupo internacional consolidado “Mentalidades mágicas e Inquisición (siglos XVI, XVII y XVIII)”, de la Universidad Autónoma de Madrid. Sus líneas de investigación incluyen propuestas teóricas para analizar la figura del mal en las obras literarias. Ha publicado y editado más de diez libros acerca de las ideas y los textos vinculados a la tradición discursiva occidental que trata de la magia, la brujería y la demonología. Correo electrónico: alberto.ortiz@uaz.edu.mx ORCID IDhttps://orcid.org/0000-0001-6495-221X

 

Víctor Manuel Chávez Ríos. Mexicano. Docente-investigador de la Unidad Académica de Estudios de las Humanidades de la Universidad Autónoma de Zacatecas. Pertenece al Cuerpo Académico Historia y Crítica de la relación entre la literatura y la Nueva España, UAZ-CA-180. Sus líneas de investigación individuales son: la novela mexicana decimonónica continuidades y rupturas. La relación entre la Historia y la Literatura y tiene Perfil PROMEP desde el 2004. Correo electrónico: victormchavez@uaz.edu.mx ORCID IDhttps://orcid.org/0000-0002-9170-7209

EL MAL DIABÓLICO Y LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

The diabolical evil and artificial intelligence

 

¡Ay de los que al mal llaman bien, y al bien, mal;

que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz;

que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!

¡Ay de los sabios en sus propios ojos,

y de los que son prudentes delante de sí mismos!

 

Isaías 5: 20-21

 

Resumen: Este ensayo analiza la relación entre el problema filosófico del mal y el desarrollo contemporáneo de la inteligencia artificial mediante un enfoque comparativo de carácter hermenéutico. A partir de la analogía entre el Malleus maleficarum y las actuales tecnologías basadas en inteligencia artificial, se examina cómo ambas irrumpen en contextos de transformación tecnológica que modifican las formas de producción, legitimación y circulación del conocimiento, al tiempo que generan nuevas posibilidades de manipulación, fascinación y control social. El análisis se sustenta en aportaciones de Paul Ricoeur, Yuval Noah Harari, Susan Neiman, John Gray y Bernard Sichère para reflexionar sobre la naturaleza instrumental de la tecnología y su incidencia en la autonomía del juicio humano. Se concluye que la inteligencia artificial no constituye un agente moral, sino un dispositivo cuyo impacto depende de las prácticas y fines que orientan su utilización. No obstante, la creciente delegación de funciones intelectuales en estos sistemas puede favorecer el debilitamiento del pensamiento crítico y de la responsabilidad ética, lo que exige fortalecer la formación humanística como contrapeso indispensable frente al desarrollo tecnológico.

Palabras clave: filosofía del mal; inteligencia artificial; hermenéutica; demonología; humanismo; ética de la tecnología.

Abstract: This essay analyzes the relationship between the philosophical problem of evil and the contemporary development of artificial intelligence through a comparative, hermeneutic approach. Drawing on the analogy between the Malleus Maleficarum and current AI-based technologies, it examines how both emerge within contexts of technological transformation that modify the forms of knowledge production, legitimation, and circulation, while simultaneously generating new possibilities for manipulation, fascination, and social control. The analysis is supported by contributions from Paul Ricoeur, Yuval Noah Harari, Susan Neiman, John Gray, and Bernard Sichère to reflect on the instrumental nature of technology and its impact on the autonomy of human judgment. It concludes that artificial intelligence does not constitute a moral agent, but rather a device whose impact depends on the practices and ends that guide its use. However, the increasing delegation of intellectual functions to these systems can weaken critical thinking and ethical responsibility, thus requiring a strengthening of humanistic education as an essential counterweight to technological development.

Keywords: philosophy of evil; artificial intelligence; hermeneutics; demonology; humanism; ethics of technology.

 

De vez en cuando, al finalizar las conferencias acerca del imaginario mágico, algunas voces curiosas han preguntado a los expositores qué sentido tiene el empeño, casi obsesión, de desentrañar los vericuetos demonológicos, los episodios de la brujería, los casos de posesión diabólica, las recreaciones del sabbat, los ritos del exorcismo y la caracterización prejuiciosa de las mujeres como brujas. La respuesta más pragmática puede considerarse simple, aunque no siempre se puede expresar con esa vestidura: a la medida que reconocemos el mal, en cualquier modo en que se manifieste, seremos capaces de anularlo y sobreponer la inteligencia del bien. En palabras litúrgicas: estudiamos al diablo para resaltar a Dios. Que buena falta le hace.

Los estudios alrededor de la tradición erudita y popular contra la magia, la brujería y los demonios parecen estar lejos de nuestra compleja contemporaneidad. No en balde esos fenómenos de credulidad fueron acontecimientos críticos y distintivos del Renacimiento y del Barroco, incluso conformó toda una disciplina, la demonología. Esto, como toda trampa maligna, es una mera ilusión. Resulta sorprendente cuánta vigencia tiene el conocimiento del imaginario colectivo del pasado. Basta recorrer las recreaciones de la llamada cultura pop para darse cuenta de que la mayor parte de los episodios de la demonología constituyen la base de muchas manifestaciones publicitarias actuales, desde series en plataformas de streaming hasta sagas cinematográficas, pasando por dibujos animados y videojuegos, los personajes instalados por el pensamiento mágico de la cultura occidental permanecen ahí, marcando el rumbo de nuestras filias y reiterando nuestras fobias. La confusión, la ambigüedad, la ilusión, viejas artimañas del diablo, siguen siendo el motor de la curiosidad humana. Como antaño los teólogos se preguntaron si la magia podía ser lícita, o si los demonios podían procrear, o si las brujas volaban al sabbat en la realidad o sólo en sueños; ahora nos preguntamos si los nuevos héroes colectivos son buenos o malos, si la tecnología destruirá al mundo, si la inteligencia artificial resolverá los dilemas ancestrales o deteriorará nuestro menoscabado humanismo.

Una de las ganancias insospechadas de recorrer las manifestaciones diabólicas del pasado, recreadas hasta la obsesión en tratados demonológicos, manuales inquisitoriales, obras dramáticas, cantos épicos, poemas líricos, y una gran variedad de manifestaciones iconográficas, consiste en que la capacidad para detectar el mal preternatural y humano se desarrolla como un sexto sentido, como una intuición agudizada, como una sensación de malestar diferenciador. De tal modo que gracias a esa percepción intuitiva es posible anticipar ciertos riesgos, al menos sospechar, del derrotero que seguirá, digamos, una persona de ideas convulsas, peligrosas y mefistofélicas, como algún presidente de una potencia económica; o una aplicación tecnológica retadora de la credulidad social, de apariencia inocua, pero, igual que la política global, decisiva para nuestro futuro.

No se trata de los sacrílegos dividendos por haber signado un pacto diabólico, ni del exhaustivo conocimiento de fórmulas mágicas extraídas de antiguos y cifrados grimorios, La verdad es que más allá de poderes extrasensoriales adquiridos merced a la práctica profesional, en la mayoría de las ocasiones basta aplicar un poco de sentido común para prever el resultado de ciertos eventos con marcado peso semiótico, aunque a primera vista parezcan ininteligibles.

Sin embargo, dilucidar el imaginario demonológico como una manifestación nodal de la cultura occidental no es lo mismo que explicar la paradoja teológica y, por ende, filosófica del mal; este problema permanece irresoluto en toda teodicea, incluso, de acuerdo a especialistas de la talla de Paul Ricoeur, su dialéctica desafiante constituye un incómodo fracaso del pensamiento humano, en tanto objeto de estudio, para ambas disciplinas. (Cf. Ricoeur, 2006: 21-22). Supeditado a dicha imposibilidad resolutiva, el objetivo de este ensayo es modesto, se atiene únicamente a un ejercicio comparativo.

Mediante burdos trazos e incertidumbre, casi como un ejercicio lírico, pretendemos advertir aquí de la alianza entre la inteligencia artificial y el mal preternatural; no para remediarlo, porque el impulso del sistema de marras ya no lo detendrá nada ni nadie, sino con el iluso objetivo de advertir la necesidad de paliar sus efectos nocivos. Para el efecto en primera instancia, proponemos equiparar este fenómeno actual con el que aconteció a finales del siglo XV, cuando nadie advirtió del mal implícito en un libro que, de no publicarse, hubiera evitado cruentas injusticias y salvado la integridad a miles de personas, especialmente mujeres. Es preciso decirlo claro y directo: el Malleus maleficarum nunca debió escribirse sin una seria advertencia acerca de su uso, interpretación, aplicación y consecuencias; así como un software de inteligencia artificial no debería haber sido puesto en las manos de todas las personas del mundo sin una etiqueta similar.

El marco cultural en el que apareció el famoso libro que aspiraba machacar a las brujas es semejante al que ahora produce la I.A. En aquel entonces, la imprenta revolucionaba la cultura mundial y la escritura ganaba la última y definitiva batalla contra las tradiciones orales, antiquísima base de la educación popular. Gracias a las prensas y su uso comercial, los textos llegaron a más personas, multiplicando por cien las posibilidades de aprendizaje e influencia. La inmanente magia de la palabra escrita, otrora manuscrita, potenció sus posibilidades modificadoras del saber social y la personalidad humana. Para bien y para mal.

Precisamente el mal se anidó en la fuerza vengadora e intolerante de libros como el que Heinrich Kramer produjera. El obcecado inquisidor había transitado por una penosa pero aleccionadora faena un poco antes de redactarlo. Se había enfrentado sin éxito al poder principesco del archiduque Segismundo de Austria, y, muy especialmente, a la valiente ira de Helena Sheuberin, tal vez al única «bruja» que logró desquiciar al gran demonólogo en los juicios brujeriles de 1485, en Innsbruck, Austria. (Cf. Gibson, 2024:25-50). Ahí, Kramer fue avergonzado, amonestado y, finalmente, diplomáticamente expulsado de los territorios del archiduque. Seguramente guardó resentimientos inconfesables. La mala experiencia le sirvió de acicate para retirarse a escribir el manual. Dos años después el libro estaba saliendo de la gran máquina reproductora. Fue una novedad mediática, tal cual los avances cibernéticos actuales. No es temerario ni novedoso afirmar que el Malleus maleficarum nació del odio vengativo, la ansiedad de dominio y la malicia embozada de justa preocupación doctrinal. Lo más inquietante es que Kramer, con toda seguridad, creyó firmemente que estaba haciendo un bien invaluable, ejerciendo la justicia de Dios, ni más ni menos.

Hoy, la presencia cotidiana de los mass media y las tecnologías de la información han conformado un marco propicio para la revolución de las actividades personales, laborales, políticas sociales y culturales, semejante a la que operó en el Renacimiento gracias a la invención y el ejercicio de la imprenta. Este contexto técnico —que ya nos vendió el Iphone y las redes sociales como grandes inventos, pero no nos advirtió de sus peligros y nocivas consecuencias para nuestros desempeños mentales y físicos—, nos presenta, justo ahora, su última novedad, la inteligencia artificial o I.A., un sistema de aparentes funciones cognitivas similares a las conexiones neuronales del cerebro humano, que estará y está ya a disposición de todos los que puedan operar y, eventualmente, pagar la aplicación más sofisticada y completa para uso individual en su ordenador, tableta o teléfono móvil. Los resultados son sorprendentes, un programa de I.A. no sólo nos dice cómo pensar, sino que “piensa” por nosotros, no sólo nos ayuda a escribir, sino que “escribe” por nosotros, no sólo proporciona imágenes útiles, sino que “imagina” por nosotros. Filósofos, poetas, diseñadores, profesores e investigadores podríamos ser prescindibles en los centros laborales. Muchas personas deberían estar preocupadas por su futuro profesional. La incertidumbre suele coadyuvar al mal, ya que provoca miedo, el miedo causa violencia, la mano destructora de la maldad. En algunos casos este desplazamiento de la inteligencia personal es tan apabullante que avergüenza, un software de un aparato electrónico aparentemente imagina, escribe y piensa mejor que yo, un ser pensante.

Visto desde el enfoque contrario, el recurso tecnológico, siendo un producto de la inteligencia humana, aliviaría los males ocasionados por la estupidez. El problema estriba en que la delegación del pensamiento es, en sí, otra paradoja. Nadie escarmienta en cabeza ajena, reza la máxima, y, después de los holocaustos del siglo XX, el fracaso del mileniarismo esotérico y el galimatías en que se ha convertido el posmodernismo, ya sabemos el riesgo letal que significa dejar que alguien o algo piense por nosotros. En este sentido, la I.A. reitera la paradoja del mal en términos agustinianos: una oquedad semiótica, cuya ontología sólo puede ser sobre entendida como ausencia de bien, o sea, un no ser.

Justo esta dualidad conformada por la inteligencia artificial y la estupidez natural ha sido explicada por Harari en un breve apartado de sus 21 lecciones para el siglo XXI. El autor afirma que las pesadillas pergeñadas por la literatura de anticipación dejarán de ser novedosas, pues la realidad ganará terreno y: «Cada vez nos basaremos más en los algoritmos para que tomen decisiones por nosotros, pero es improbable que estos empiecen conscientemente a manipularnos. No tendrán ninguna conciencia.» (Harari, 2022: 91). Afortunadamente, el apocalipsis por rebelión de las máquinas pensantes no es hoy más que una retorcida ficción.

Si bien la tecnología nos ha proveído de algunos sorprendentes sistemas de inteligencia, no hay uno solo que apunte a la toma de conciencia. Es improbable que suceda, afirma Harari, pero la dinámica imitadora con la que funciona es igual de inquietante, pues, sin desarrollar sentimientos de empatía deberá reconocer los patrones bioquímicos que caracterizan al ser humano a fin de cumplir con su meta utilitarista. (Cf. Harari, 2022: 92). Justo aquí estriba el problema del mal, la I. A., es una herramienta, y, eventualmente, un arma, tan peligrosa como la mejor campaña propagandística de los estados totalitarios. Depende del uso de sujetos con intereses específicos, de conciencias con una visión del mundo y el futuro, cuyo centro de interés se aleja cada día más de los valores clásicos del humanismo. En este sentido, el diseño, desarrollo y uso cotidiano de los artificios cibernéticos deberían equilibrarse mediante una intensa didáctica humanística. «El peligro es que, si invertimos demasiado en desarrollar la IA y demasiado poco en desarrollar la conciencia humana, la inteligencia artificial muy sofisticada de los ordenadores solo servirá para fortalecer la estupidez natural de los humanos.» (Harari, 2022: 93).

El mal es utilitario, precisa de herramientas. Sólo parece metafísico, intangible, etéreo; en realidad la primera conexión entre la herramienta y la oquedad cualitativa del mal es la denominación, pues llamamos maligno a los efectos de un proceso irracional que opera mediante objetos, y llamamos malvado al uso premeditado de los objetos para dañar a las personas, siempre en consideración a sus efectos, sólo a veces en consideración a las causas, cuando son intencionalmente diseñadas para el mal, por ejemplo. A finales del siglo XV, la herramienta que desató la brujomanía tuvo la forma de un libro, no fue la única, pero fue determinante. No sabemos qué estamos desatando con la disposición arbitraria de este nuevo invento, si un demonio o un ángel, tal vez sean ambos.

Sin embargo, el propio contexto que originó y utilizó al manual inquisitorial para salvar las almas dañando y exterminando los cuerpos, dotó de explicaciones tácitas su existencia, discurso y argumento, el cristianismo es una doctrina exorcizante del mal humano, natural e infernal. Así que la proposición retórica conllevaba su propia conclusión. No tenemos algo similar para nuestra época. La tecnología avanza acallando los discursos que pudieran servir de contrapeso, en especial los de cuño religioso. Hacia el siglo XX, tres procedimientos o disciplinas actualizaban independientemente y en conjunto las explicaciones para entender la ideología y la funcionalidad de mal secular: la política, el psicoanálisis y la literatura. (Cf. Sichère, 1996: 302) Hoy en día, faltos de filósofos mayéuticos, pero dotados de grandes empresarios y tecnócratas, la confusión, la ambigüedad y el relativismo, estrategias malignas, por cierto, campean sobre toda intención hermenéutica.

Esta filiación entre objeto y posibilidades inicuas constituye un primer aspecto asimilable tanto al libro como a los gadgets cargados con I. A. El concepto que provee dicha semejanza proviene del ámbito lexicográfico que armó el esquema referencial de la magia amorosa, poder erótico diferido y pervertido luego al depositarlo en el cuerpo de la bruja: la fascinatio.

La visión del libro impreso, ya no digamos su posesión, abrió un escaño de revelaciones ambiciosas en personas letradas e ignorantes. Su inclusión en el flujo político y social del hombre del Renacimiento, —ya acostumbrado a las leyendas de manifestaciones mágicas proveídas por textos, escritura hermética, oraciones, cédulas, papiros y libros manuscritos— causó una ansiedad desconocida, todo a partir de su observación, el objeto, fetiche por sí mismo, fascinaba al grado de la obsesión. No es casualidad que varios de los episodios del mito demonológico, reinventado y fortalecido de ahí en adelante, refieran libros especiales: el libro de la vida, el libro de la muerte, el libro del diablo, los diversos grimorios, los recetarios para invocar demonios, etc. Hoy, de similar modo, la incursión de la tecnología y sus funciones fascinan, sin duda, a millones de personas que observan y usan de su luz artificial sin medida, somos como insectos atontados y obcecados yendo hacia la luz que habrá de abrasarnos. Así como nuestros antepasados fueron deslumbrados por un objeto elitista, nuestra generación no puede menos que sorprenderse con las maravillosas y fascinadoras posibilidades de un sistema cibernético o app que aparenta inteligencia.

La codificación lingüística es otro aspecto compartido entre el manual impreso para aleccionar a los inquisidores y las aplicaciones seudo suplantadoras del intelecto. La identidad hermética de la escritura ciertamente no aparece con la imprenta, sino que forma parte de la antiquísima historia de la posesión del saber entre castas y sujetos privilegiados de la cultura occidental, pero esta distancia entre sujeto ignorante y sabiduría arcana se potenció cuando apareció el libro tipográfico. La mayoría de la población entre los siglos XV, XVI y subsiguientes era analfabeta, la lectura y su correcta exégesis constituía un don divino, una prerrogativa exclusiva de los ungidos, tan enigmática y especial como la propia decodificación de los signos escritos. Hoy en día, hemos transitado del código binario computacional a la sinapsis artificial. Los programas imitan y, eventualmente, superarán, las conexiones eléctricas neuronales del cerebro humano, a tal grado que la diferencia entre el ser pensante y la simulación pensante podrá pasar desapercibida para cualquier sujeto que desconozca el lenguaje cifrado de la I.A., es decir, como antaño, la mayoría de nosotros estamos destinados a vivir la vida sumidos en la ignorancia de aquellos poderes ocultos que nos manipulan.

Tal vez lo más tenebroso e inquietante del asunto es que tanto en medio de la publicación del manual para cazar brujas de finales del siglo XV, como entre los sistemas computacionales de inteligencia artificial, la sociedad circundante, no advertida, mucho menos preparada, se ha encontrado frente a novedosas formas de desatar calamidades, mismas que, paradójicamente, desde su aparición, tienen voceros que insisten en su utilidad representadora, promotora y educadora del bien. No estamos preparados, como tampoco lo estuvieron las curanderas, mendigas, viudas y parteras de los siglos XV, XVII y XVIII, culpadas de brujería, para procesar inteligiblemente la imitación sináptica, ya sea de una aplicación de celular o de un droide antropomorfo. De hecho, trágicamente estábamos mejor preparados ante el evento paradigmático del mal que abrió la historia mundial del siglo XXI, los ataques terroristas. Y es que ese tipo de malignidad humana nos era íntimamente conocido, había ocurrido antes, y ocurrirá de nuevo. Acertadamente lo afirma Susan Neiman:

 

Aún no podemos decir qué tanto cambiará el mundo. Afrontamos nuevas formas de peligro. Pero no son, lo sostengo, nuevas formas del mal. Las dificultades para entendérselas con el terrorismo no son conceptuales. […] El 11 de septiembre constituyó una muestra de mal que estaba pasada de moda en su estructura. El mal banal surge de la trama de la vida cotidiana que el 11 de septiembre desgarró. (Neiman, 2012: 359-360).

 

Por supuesto que la distancia entre una conjetura y un acontecimiento que promovió el asesinato y el miedo en la forma de un mal premeditado e históricamente racionalizado, casi matemático, mal que nos pese, es amplia, casi inexpresable, pero la banalidad del mal atestiguada durante todo el siglo XX nos obliga a estar alertas. «Los males no deben ser comparados, pero es posible distinguirlos. Hace falta que la aparición de viejas formas del mal no nos impida ver la aparición de otras formas; más bien, puede aguzar nuestra mirada para apreciarlas.» (Neiman, 2012: 363).

Al centro de la anomalía que comparte el aparato electrónico y el libro inquisitorial se encuentra el dilema del objeto como materialización del disturbio probable. El objeto entra al debate moral cuando deviene en causa de sufrimiento. El Malleus desató la cacería de brujas por antonomasia, cimentó las excusas legales para juicios sumarios frente a la herejía, en cuyo seno se anidó convenientemente la demonolatría, no obstante la carencia de datos fidedignos y personas militantes. Es decir, el manual de inquisidores representa al mal porque originó persecuciones, torturas y muertes, especialmente de mujeres culpadas de adorar al diablo. Es previsible que la I.A. cause sufrimiento, y añada un cariz maligno a su ya identidad de incógnita fascinadora. Por supuesto que las maneras de infligir sufrimiento humano serán diferentes, no necesariamente aparecerán a manera de injusticias y prejuicios contra razas, estamentos o géneros, tal vez ni siquiera estén ligadas al pensamiento mágico preternatural, no culparemos a los demonios de su intrusión en la vida cotidiana, a menos que recurramos a la metáfora del demonio de la tecnología, sino que el dolor se verá en las enfermedades mentales y los hábitos nocivos que deteriorarán el trabajo de pensar. El hombre que piensa tiende al bien, al delegar su intelecto arriesga su juicio y se somete a resultados que no planeó. La inconsciencia ganará terreno. El robo de la voluntad, por cualquier medio, es una habilidad maligna.

No es advertencia nueva, varias voces contemporáneas han denunciado la dejadez que el nihilismo, en su connotación de miedo, carencia y debilidad, ocasionó en la filosofía occidental, otrora escudriñadora del mal y muralla defensiva al tiempo. Conceptos caros a la tradición cultural, como democracia y libertad de culto ceden ya a las obligaciones del multiculturalismo raso, padre de la política del terrorismo estatal. La voluntad de pensar está siendo abducida, aminorada, en el mejor de los casos, justo cuando esperábamos una era de espiritualidad analítica. Tal acontece al delegar la labor humana del reflexionar ontológico. «Nuestra época de intelectuales débiles es, pura y simplemente, el síntoma que predica a voces y a los cuatro vientos nuestra conciencia de la decadencia: “imposturas intelectuales”.» (Quesada Martín, 2004: 315).

La herramienta, en sí misma, no puede considerarse ente culpable, no hay moralidad en el objeto, es el uso humano la que le confiere maldad o bondad; pero tampoco la inteligencia artificial es una herramienta simple. Estamos ante el advenimiento de lo que John Gray denomina «ficción suprema», al explicar la propuesta lírica positiva alrededor de la credulidad del poeta Wallace Stevens, autor del poema, precisamente titulado: «Notas para una ficción suprema». La I.A., como quiere el poeta y subraya Gray, cumple con los parámetros de la credulidad: es abstracta hasta el encriptado del algoritmo, es cambiante y adaptable, pues toda I.A. parece evolucionar y aprender de acuerdo a las necesidades del usuario; y es placentera, pues su dominio y uso favorecen el ocio, la satisfacción inmediata y la pereza mental, si pensar es el esfuerzo y el dolor del cerebro, su supresión o delegación constituye un alivio. (Cf. Gray, 2018: 89-92).

Por otro lado, la percepción vulgar de la I.A. pertenece más a un esquema de ficciones futuras o narrativa de anticipación que a certezas científicas. Es decir, es más narrativa literaria que herramienta o extensión utilitaria. También, hoy en día, el relato subjetivo que lo encapsula está mejor estructurado que la verdad científica, al menos es más entendible. Dicha ficción suprema actual, potenciada por los medios masivos de comunicación y las redes sociales, es equiparable a la ficción demonológica antigua impulsada por el libro de Kramer. Ambas echan mano de supersticiones, ilusiones y prejuicios, cuyos adeptos consideran realidades innegables. No es de extrañar que en medio y detrás de estos prejuicios estén los viejos resabios de la iniquidad humana, miedos básicos, injusticias y retos para cualquier época:

 

En efecto, muchos filmes sobre inteligencia artificial están tan alejados de la realidad científica que cabe sospechar que son simplemente alegorías de preocupaciones completamente diferentes. […] Siempre que el lector vea una película sobre una IA en la que la IA es una mujer y el científico es un hombre, probablemente se trate de un filme sobre feminismo y no sobre cibernética. Pues ¿por qué demonios tendría que tener una IA una identidad sexual o de género? (Harari, 2022: 272).

 

Y es que, afirma el mismo pensador: «La ciencia ficción suele confundir la inteligencia con la conciencia y supone que para equipararse a la inteligencia humana o superarla, los ordenadores tendrán que desarrollar conciencia.» (Harari, 2022: 272). Así pues, nuestras percepciones alrededor de la I. A. son más un mito que una certeza, constituyen creencias, útiles, innegablemente, en el sentido de la conformación del imaginario colectivo y las inercias motivacionales que explican el aquí y el ahora como parte de la trascendencia, a fin de cuentas, ninguna sociedad quiere tener una identidad anodina. Justo aquí se percibe otra vinculación de los cerebros tecnológicos con el fenómeno que dio origen a los estudios del mal preternatural: ideas como que la brujería y la naturaleza maligna de algunas personas amenazaban la vida y el alma de las comunidades iniciaron como meros rumores, creencias vagas que no fueron resueltas clara y objetivamente, de tal modo que el mito asaltó al sistema jurídico y religioso a manera de una convicción y no fue tratado como producto de un proceso de razonamiento lógico; aunque hubo voces incrédulas y críticas, la mayoría se dejó arrastrar por la ficción. Es fácil que una fantasía se cuele a los intersticios de la mente humana, forma parte de nuestra naturaleza. Otro tanto puede acontecer mañana.

 

Bibliografía

Gibson, Marion, (2024). Brujería. Una historia en trece juicios, Barcelona: Siruela.

Gray, John, (2018). El silencio de los animales. Sobre el progreso y otros mitos modernos, México: Sexto piso.

Harari, Yuval Noah, (2022). 21 lecciones para el siglo XXI, México: De bolsillo.

Neiman, Susan, (2012). El mal en el pensamiento moderno. Una historia no convencional de la filosofía, México: Fondo de Cultura Económica.

Quesada Martín, Julio, (2004), La filosofía y el mal, Madrid: Síntesis.

Ricoeur, Paul, (2006). El mal. Un desafío a la filosofía y a la teología, Buenos Aires: Amorrortu.

Sichère, Bernard, (1996). Historias del mal, Barcelona: Gedisa.

 

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