Revista Digital de la Unidad Académica de Docencia Superior,
Universidad Autónoma de Zacatecas, ISSN: 2594-0449.

Rubio Hernansáez, Luis. (2026). Los iroqueses en Engels y Hobbes y la Suiza de Rousseau. Las aportaciones de la historia al análisis de los filósofos. Unos ejemplos. Revista digital FILHA. Enero-julio. Número 34. Publicación semestral. Zacatecas, México: Universidad Autónoma de Zacatecas. Disponible en: http://www.filha.com.mx. ISSN: 2594-0449.
Luis Rubio Hernansáez. Doctor en Historia, nacionalidad española, docente investigador de la Unidad Académica de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Zacatecas, miembro del SIN nivel candidato. Orcid ID: https://orcid.org/0000-0002-4357-3218. Contacto: lr7764247@gmail.com
The Iroquois in Engels and Hobbes, and Rousseau's Switzerland. The contributions of history to the analysis of philosophers. Some examples
Resumen: Innumerables análisis han sido llevados a cabo sobre filósofos y pensadores a lo largo de los siglos, no obstante, son menos los que han buscado explicaciones sobre el posible origen de algunas de sus afirmaciones, y esto puede relacionarse con el hecho de que tampoco se les ha enmarcado en bastantes ocasiones dentro de sus contextos históricos, culturales y emocionales. El objetivo de esta reflexión que presentamos es doble, por un lado, mostrar con algunos ejemplos, que los razonamientos e ideas expuestos por los diversos autores, pueden y deben ser analizados en esos contextos, ya que estos pueden proporcionarnos indicios sobre la génesis de algunas de sus reflexiones, cómo se concibieron ciertas ideas o por qué se presentaron de cierta manera. La segunda intención, es recalcar cómo el papel de ciencias como la historia, la antropología o etnología, pueden ser de gran utilidad en esas indagaciones.
Palabras clave: Contexto, pensadores, análisis, historia.
Abstract: Countless analyses have been carried out on philosophers and thinkers throughout the centuries. However, fewer people have sought explanations about the possible origin of some of their statements, and this is related to the fact that they have not often been framed within historical, cultural and emotional contexts. The reasoning and ideas presented by various writers can and should be analyzed in their contexts, to give us clues about some of their ideas, how they were conceived, or why they were presented in a certain way.
Keywords: Context, thinkers, analysis, history.
Numerosos estudios han sido realizados sobre filósofos y pensadores a lo largo de los siglos, sin embargo, son menos los que han buscado explicaciones concretas sobre el posible origen de algunas de sus afirmaciones y tampoco en muchos casos las han enmarcado en sus entornos históricos y culturales. El objetivo de esta reflexión que presentamos es doble, por un lado, mostrar con algunos ejemplos, que los razonamientos e ideas expuestos por los diversos escritores, pueden y deben ser analizados en sus contextos para darnos indicios sobre algunas de sus ideas, cómo se concibieron o por qué las presentaron de cierta manera. La segunda intención es recalcar que el papel de ciencias como la historia, la antropología o etnología, pueden ser de gran utilidad en esas indagaciones.
Los autores son hijos del mundo que les rodea y de la educación que reciben, como en el caso de Rousseau, cuyo calvinismo independientemente de que fuera escéptico en religión, no acaba de abandonar, al menos sentimentalmente. Esto queda claro en muchos casos con obras coyunturales, como las de Jean Bodin que son por ejemplo indisolubles de las Guerras de Religión en Francia. Sin embargo, en ocasiones, los comentaristas han pasado por alto o desconocen ciertos hechos, que pueden esclarecernos puntos significativos. Para esto pondremos tres ejemplos, el de Hobbes y Engels en referencia a la confederación nativa de Norteamérica llamada Liga Iroquesa y Rousseau con respecto a Suiza. Trataremos en primer lugar Engels y en segunda instancia a Hobbes, terminando con Rousseau y su emblemática obra el Contrato Social.
El papel de los iroqueses en la conocida obra de Engels El Origen de la sociedad, la propiedad y el Estado muestra la gran influencia que tuvo el antropólogo Morgan sobre sus postulados, de éste dice que pasó gran parte de su vida entre ciertos nativos americanos: los seneca. En el prólogo a la primera edición de su libro, afirma taxativamente que Marx se disponía a exponer personalmente los resultados de Morgan (Engels, 1987, p.7). El prefacio de la edición de 1891 resalta igualmente las investigaciones de otro antropólogo, Bachofen, a pesar de sus limitaciones (Engels, 1987, p.12) así como de MacLennan en su descubrimiento sobre la exogamia y endogamia (Engels, 1987, p.13) aunque critica a este último con dureza. Pero es sobre todo Morgan a quien resalta nuevamente, afirmando tajantemente en ese prefacio que es: “La base de la obra que ofrezco al lector” (Engels, 1987, p.16).
Efectivamente a Morgan se le puede considerar uno de los creadores de la antropología moderna y muchos de sus descubrimientos deben ser señalados, pero posiblemente no fue capaz de distinguir, al menos en el caso de los seneca, entre una sociedad en su pleno momento de vitalidad y una sociedad fosilizada. Efectivamente, cuando examinó a esa tribu -misma que había formado parte de la Confederación Iroquesa en el pasado- ésta hacía ya mucho que había perdido su esencia principal, mantenía costumbres y tradiciones por herencia, no por sustancia, aunque el mismo Engels sabía bien que esto ocurría, por ejemplo: “el sistema de parentesco se osifica” (Engels, 1987, p.27). El autor alemán también reconoce las aportaciones de Bachofen, quien por cierto en algunos aspectos parece seguir a Hobbes, sobre todo en lo que se refiere a la primitiva promiscuidad. Para Engels, Bachofen, sin embargo “estima la religión como la palanca decisiva de la historia mundial, se reduce a fin de cuentas a más puro misticismo”, no obstante Engels aclara que esto “no disminuye su mérito” (Engels, 1987, p.18). Ciertamente, Morgan y Bachofen fueron certeros pioneros de la investigación antropológica, pero como todos los pioneros en una nueva rama del saber, muchas de sus apreciaciones se consideran hoy en día superadas.
Si preguntáramos a las personas sobre los iroqueses, lo más seguro es que gran parte de la gente los recordarían exclusivamente por las páginas que a ellos les dedica Engels. No obstante, y en pocas palabras, los iroqueses son el grupo nativo americano post colombino que más influencia ha tenido en la historia del mundo moderno. Esto se debe, ante todo, al hecho de que tuvieron una notable contribución a que hoy exista una nación llamada los Estados Unidos, con cultura puritana e idioma inglesa, y a la inversa, en que la monarquía francesa no dominara Norteamérica y que al día de hoy solo se hable el francés en una provincia de Canadá. Pocos saben, además, que la idea del sistema confederal de los Estados Unidos hunde parte de sus raíces en los iroqueses, cuyo modelo de organización política fue utilizado con frecuencia como ejemplo por Benjamín Franklin al reflexionar sobre el futuro sistema de gobierno de la nueva nación. De hecho, principios como la elección de cargos, la toma de decisiones en asambleas participativas y otros elementos de carácter inclusivo pudieron deberse, en mi opinión, tanto a la influencia de la Liga Iroquesa como a la de pensadores occidentales como Locke.
Los iroqueses fueron vistos erróneamente por sus contemporáneos como “primitivos”, pero eran una agrupación altamente desarrollada políticamente como luego veremos. Lo primero y conducente sería dilucidar quiénes eran, no existe una tribu iroquesa como tal, sino una confederación de cinco tribus que compartían idioma y cultura. Debemos señalar algo importante antes de continuar, cuando los estudiosos de idiomas comenzaron a establecer las familias lingüísticas nativas de Norteamérica, en varios casos las denominaron por una de sus agrupaciones, así el grupo etnolingüístico iroqués proviene de esta confederación, pero agrupaba a muchas más tribus que contaban con ese idioma y cultura semejante, estos otros eran los llamados hurón, erie, susquehanock (también llamados conestoga), petun (o tiononanti), wenro y neutrals (de estos últimos se desconoce su nombre original y se les denominó de esta manera por los franceses por ser neutrales en las guerras entre iroqueses y hurones). Todos estos se encontraban localizados entre los actuales estados de Nueva York, Pensilvania, además del sur de Canadá. También, aunque mucho más alejados, existían algunos grupos aislados de este grupo idiomático como los cherokees.
Al hablar de los iroqueses, Engels comete algunos errores étnicos y geográficos. Como vemos, la mayoría estaban asentados en la parte nororiental de la costa Atlántica americana. Nada indica o prueba que vinieran del oeste del Misisipi luego de una larga migración como apunta el autor, y es casi seguro que en realidad este había sido su hábitat por milenios. Tampoco tenían ninguna relación directa con los Dakota, como afirma textualmente: “probablemente formado parte de la familia dacota” (Engels, 1987, p.79). Los pueblos de lengua iroquesa en general eran sedentarios, vivían en aldeas fuertemente fortificadas y contaban con una horticultura altamente desarrollada, no rudimentaria como afirma Engels (Engels, 1987, p.79).
Una característica casi de todos ellos, aunque no siempre, era la formación de confederaciones para defenderse y establecer políticas comunes, así fue con los hurones y los neutrals. La confederación iroquesa propiamente dicha se creó según algunos en el siglo XV, o bien en el XVI conformada por cinco tribus, mohawk, seneca, cayuga, oneida y onondaga o sea las llamadas Cinco Naciones. Ya entrado el siglo XVIII permitieron la entrada de otra agrupación de su misma lengua, los tuscarora de Carolina del Norte quienes venían huyendo del avance blanco, a partir de entonces se llamaron las Seis Naciones, aunque por no ser miembros originales, los tuscaroras tenían derechos restringidos en la toma de decisiones en el seno de la confederación. Los iroqueses no era un pueblo o tribu propiamente como ya hemos indicado, por ello no es muy correcto lo que afirma Engels que los tuscaroras eran: “próximos parientes de los iroqueses” (Engels, 1987, p.75).
En todo caso, un rasgo esencial y fundamental para entenderlos era su extrema belicosidad, tanto contra otras agrupaciones de lengua iroquesa, en especial los hurones, como con el otro grupo etnolingüístico más numeroso y extendido por toda Norteamérica, el algonquino del que luego comentaremos. Sobre la guerra en la Confederación afirma Engels que hacían expediciones en pequeño número bajo un jefe de guerra electo, aunque en ocasiones varios grupos se podían unir en una gran empresa (Engels, 1987, p.79). Esto es cierto en parte, pero lo que no apunta claramente Engels es que los iroqueses planificaban y llevaban a cabo grandes expediciones estratégicas de destrucción, utilizando fuerzas masivas, todo lo cual indica un alto nivel de organización militar y logístico, ese fue en el caso contra la Huronia (nombre geográfico referido a donde habitaban los hurones) e igual las campañas realizadas en Illinois, lugares situados a miles de kilómetros de sus poblados. En realidad, la Confederación estaba en el proceso embrionario de constituir una fuerza armada permanente de operaciones y esto es fundamental, porque esta es la razón que explica muchas cosas de su estructura social.
Dice Engels que no había esclavos: “y por regla general tampoco se da el sojuzgamiento de tribus extrañas” poniendo de ejemplo que cuando vencieron a los eries y neutrals en 1651 les propusieron entrar en la confederación y solo cuando lo rechazaron fueron desalojados (Engels, 1987, p.82). Esto no es cierto en el sentido estricto, aunque no podemos ahora detenernos en las razones por cuestiones de espacio, pero demuestra el carácter imperialista de la Liga y esta no sería posible sin su elevada organización política. Engels reconoce que la Liga iroquesa representa la organización social más desarrollada alcanzada por los indios después de salir del estado anterior de “barbarie”, (Engels, 1987, p.101) y el mismo reitera sus logros: “organización social más desarrollada a que llegaron los indios antes de salir del estado inferior de barbarie”, si bien excluye en esto a novomexicanos, mexicanos y peruanos (Engels, 1987, p.80).
Características esenciales como eran la elección de los cargos en el consejo o toma de decisiones por unanimidad etc. llamaban la atención (Engels, 1987, p.80-81) y resalta: “Tal es toda la constitución pública bajo la que han vivido…” (Engels, 1987, p.81), pero no deja de sorprender que Engels habla de constitución en términos abstractos, cuando la Confederación realmente poseía una constitución, que, si bien no era escrita, se mantenía de manera oral transmitida de forma inalterable durante generaciones, con igual respeto o más hacia ella que cualquiera escrita y esto sí es algo completamente novedoso. [i]
Engels ve las federaciones como: “el primer paso hacia la formación de naciones” (Engels, 1987, p.79). Sin embargo, los iroqueses no eran una federación, sino una confederación, es decir, eran un grupo de tribus totalmente independientes a nivel interno, hasta el punto que uno de los miembros podía estar en guerra con un enemigo externo, sin que lo acompañaran en esto los otros, aunque debemos que decir que no era lo más común. En todo caso, el elemento más importante era la paz sagrada entre sus componentes que no podía vulnerarse bajo ningún motivo y que era simbolizada por una hoguera prendida de forma permanente. Esta paz fue precisamente lo que llevó al colapso de la Liga. Una vez estallada la guerra de Independencia de los Estados Unidos (1777) se alinearon en campos opuestos (pro inglés e independentistas) y terminaron combatiéndose entre ellos mismos. Este fue el fin y sofocaron abruptamente el fuego sagrado que había ardido al menos durante dos siglos. Los seneca de quienes escribió Morgan muchas décadas luego, pertenecían en su mayor parte a generaciones que habitaban en reservas de Nueva York pacíficamente, que ya no habían conocido la Confederación, ni recordaban lo que era la guerra y esta fue sin duda una debilidad metodológica al analizarlos.
En este punto cabe preguntarse si ¿una organización confederal regida por una constitución y con una fuerza armada que en la práctica era semipermanente, además de controlar un imperio en el sentido pleno de la palabra, imperio que se extendía desde la costa Atlántica hasta los actuales estados de Illinois, que regía sobre varios pueblos sometidos y tributarios, distaba mucho de ser un estado? Para Engels los iroqueses no lo eran, pues el Estado presupone un poder público particular separado del conjunto de los respectivos ciudadanos (Engels, 1987, p.81) pero tampoco eran un pueblo primitivo entendido esto como la forma más cercana al estado natural del ser humano.
El matriarcado es un concepto borroso que ha adquirido fuerte significación ideológica, pero otra cosa es la realidad antropológica. Existen más bien conceptos como matrilocal o matrilineal que giran en torno a cómo se organizan las relaciones sociales y familiares. Una de las cosas que sin duda atrajo a Engels, así como a otros muchos investigadores, es el papel preponderante de la mujer en la vida tribal y familiar iroquesa, así todos los pueblos de esta etnia eran matrilineales y matrilocales, las mujeres ocupaban un lugar muy destacado en la sociedad. Estas heredaban, tenían participación en los consejos (aunque a través de un varón) el vínculo matrimonial era fácilmente disuelto por las esposas, la poliginia (varón que tiene varias mujeres) era extraña a ellos, siendo en general monógamos, de igual forma los hijos sentían más vínculo con sus tíos maternos que con sus propios padres. Todo esto parece aparentar un dominio o derecho matriarcal. La cautiva anglo irlandesa Mary Jemison, quien vivió con los iroqueses desde niña y dictó sus memorias a un misionero siendo ya muy anciana, destaca hablando de su esposo, a los hombres iroqueses como maridos ejemplares, pacientes y tolerantes (Seaver, 1994, p.92) para luego a continuación relatar las numerosas atrocidades y crueldades que este cometió como guerrero durante décadas (Seaver, 1994, p.93 y sig.).
A mi parecer la apreciación más errónea de Engels (siguiendo a Morgan) es la afirmación en que asegura que prevalecían mayoritariamente esas formas entre los nativos americanos en esta parte norte del continente, es decir el derecho materno y las características de organización familiar que hemos comentado, aunque según el pensador alemán estaban en decadencia entre los dacotas “y entre otros como los ojibwa y los omaha organizados con arreglo al derecho paterno” (Engels, 1987, p.75). En realidad, ocurría todo lo contrario.
El grupo etnolingüístico más extendido por Norteamérica y mucho más numeroso que el iroqués, era el algonquino ya antes mencionado, este abarcaba desde el centro del Canadá (precisamente con los ojibwe también conocidos como chippewa) hasta Virginia, al sur con la confederación Powhatan, hacia el oeste alcanzaron las Grandes Llanuras en el XVIII con tribus como los cheyenne o arapaho. Aunque había algunos agricultores, los ojibwe, los montagnais y otros muchos, eran ante todo cazadores recolectores nómadas que vivían en pequeñas bandas u hordas y solo se reunían en agrupaciones mayores en ciertas ocasiones, estando muy lejos del nivel de desarrollo político de la Liga. Los objiwe que menciona Engels son la norma, no la excepción, es decir estaban en un estado menos evolucionado que los pueblos iroqueses, por tanto, claramente estarían más cerca según esta lógica al estado primitivo o natural, pero no obstante eran patrilocales y patrilineales. Es decir, no pude dudarse que el papel de la mujer en la sociedad iroquesa era una evolución o más bien una adaptación, no un estado primitivo. En definitiva, estas formas posiblemente mal llamadas en mi opinión matriarcales, eran además minoritarias entre los pueblos nativos norteamericanos.
Sobre esto, Divale y Harris exponen que, de 1.179 sociedades clasificadas por Murdock, las tres cuartas parte son patrilocales o virilocales (Divale, Harris, 1976, p. 521) la poliginia es 141% más abundante que la poliandria (Divale y Harris, 1976, p. 524). En la misma lista de Mardock el hecho que el hijo pertenezca al clan paterno es cinco veces superior (Harris, 1987, p. 69) y en un aspecto fundamental en referencia al caso de los iroqueses, escribe Marvin Harris que: “la asociación entre instituciones matrilineales y una forma de feroz militarismo es demasiado constante para que sea producto del azar” (Harris, Caníbales, p. 72) si bien esta idea no es para nada nueva y ya la expresaba Aristóteles al indicar que “cuando los hombres se sienten inclinados a dejarse dominar por las mujeres, tendencia habitual en las razas enérgicas y guerreras” (Aristóteles, 2008, VI, p.66). Ahora bien, esto no ocurre en todas las sociedades guerreras per se, sino en las que hacen la guerra que podemos llamar externa, es decir, no refiere a aquellas beligerantes con gentes próximas a sus límites territoriales, con distanciamientos temporales del poblado de muy escasa duración, sino cuando hay una separación quasi permanente o al menos muy larga de los guerreros (que son todos salvo los niños y los ancianos) (Harris, 1987, p.73). Los algonquinos eran muy belicosos, pero no hacían expediciones por mucho tiempo, ni muy lejos de sus territorios y al regresar volvían a su familia patrilocal.
En realidad, esto puede deberse tanto a la guerra como otras actividades que impliquen la ausencia prolongada del hogar de los varones, como puede ser el comercio a larga distancia o expediciones de caza, la clave reside en que este confía en las hermanas sus intereses, es decir, no se trata de la mujer en un sentido genérico, sino de la hermana (Ver, Harris, 1987, p.74). Por otro lado, al establecerse en la casa de la esposa, rompían con sus familias y veían las cosas en forma de intereses más amplios, que si vivieran con sus padres, hermanos o hijos, esto traía paz en el interior y cohesión para expediciones militares, con esto ciertamente se reforzaba el sentimiento de identidad y pertinencia (Harris, 1987, p.73). En definitiva, aunque luego lo veremos con más detenimiento, la Confederación entró en una espiral de conflictos ininterrumpidos durante décadas que los llevó al control de una gran área de la parte noroccidental de la actual Norteamérica y sur de Canadá y esto solo se pudo llevar a cabo mediante una dedicación especializada a la guerra, lo cual explica en parte el papel predominante de la mujer entendido esto como la hermana, si bien esto ya estaba establecido antes, el sistema resultó el mejor y más apropiado para las características belicistas de la Liga.
Hemos hablado de la agresividad de la Confederación Iroquesa, por lo que ahora debemos centrarnos específicamente cómo se desarrolló esta, es aquí donde podremos dar la entrada al filósofo inglés Thomas Hobbes. Como vimos, el conflicto formaba parte de la vida nativa, los iroqueses estaban en pugna permanente con casi todos los pueblos algonquinos, así como contra los hurones de su misma lengua. Pero sería con la llegada de los europeos, cuando se desencadenaría un conflicto que habría de durar por décadas.
Se denominan las: “Guerras de los Castores o del Castor “(este título es posterior, pero la define correctamente) una conflagración que, a pesar de treguas temporales, se extendió por toda Norteamérica desde el primer tercio del siglo XVII hasta finales del mismo. Esta implicó a la Confederación Iroquesa tanto contra los otros pueblos de su misma familia lingüística (hurones, neutrals, erie y otros) como contra los algonquinos (algonquinos propiamente, ojibwe, montagnais, mohicanos, ottawa y abenaki y muchos más). De ser en principio un conflicto localizado a los Grandes Lagos se fue extendiendo en cascada y como mancha de aceite en todas direcciones. En su curso, casi todas las tribus nativas fueron arrolladas, expulsadas o masacradas por los iroqueses.
La causa estaba en las luchas por la obtención de pieles de castor y con ellos sus terrenos de caza. En Europa se estaba produciendo un auténtico boom del comercio de este animal para la elaboración de sombreros y otros implementos, conforme se iba exterminando este animal en una zona, se hacía necesario buscarlo en otros territorios, invadiendo con ello los cazaderos de otras tribus. La piel de castor daba el acceso a las mercancías traídas por los europeos y entre ellas las armas de fuego, pólvora, balas y las hachas y cuchillos de acero, de aquí la necesidad desesperada de obtenerlos, ya que la Confederación no podía sobrevivir a sus múltiples enemigos sin estas, de hecho cuando llegaron los franceses a lo que se llamaría Nueva Francia, estos con sus armas de fuego se implicaron enseguida en el conflicto existente, apoyando a los algonquinos y hurones contra las Cinco Naciones. Ante su grave situación los iroqueses se dirigieron a los holandeses que habían establecido una colonia en lo que es actualmente el estado y ciudad de Nueva York, de ellos obtuvieron lo que ocupaban para combatir contra sus adversarios, pero al tiempo actuaron como policía de los holandeses, castigando a las agrupaciones indígenas que se oponían a la creciente presencia de los europeos en su territorio. Más tarde traspasaron esa alianza a los ingleses que acababan de apoderarse de Nueva Ámsterdam la cual rebautizaron como hoy se conoce.
Entre 1648 a 1649 la Confederación destruyó la Huronia, su principal rival, haciendo una gran masacre y dando muerte a los misioneros jesuitas Antoine Daniell (1648) Jean Brabeuf (1649) Charles Garnier (1649) Gabriel Lallemant y Noel Chabannes (1649) todos franceses, la mayor parte en atroces circunstancias. Hay que destacar que estas ejecuciones eran mediante tortura ritual, que por otro lado era ejercida por todos esos pueblos “los torturadores más perfectos eran los iroqueses, hurones y otras tribus del Norte” afirma Nigel Davies (Nigel Davies; p.268). Es de imaginar el impacto que esto tuvo en Francia cuando arribaban las terribles noticias del Canadá (entonces llamado como dijimos Nueva Francia).
Para cuando finalizó la guerra, los iroqueses se habían alzado como los grandes vencedores y en su camino habían hecho desaparecer a todos los pueblos de su misma etnia salvo a los cherokees estos situados muy al sur, es decir hurones, neutrals, erie, wenro, y susquenanhock, además de propiciar el extermino de muchas tribus algonquinas y el desplazamiento y huida de decenas de miles de nativos. En la práctica, sin embargo, los grandes beneficiados fueron los colonos aliados suyos, holandeses primero e ingleses después, quienes vieron cómo esta confederación despejaba la influencia francesa e igual limpiaron amplias zonas de aquellos que como los neutrals no eran amigos directos de Francia, consolidando de esta forma los asentamientos ingleses en Norteamérica, además que los mismos franceses ocupados durante décadas en luchas contra los iroqueses, no pudieron apoderarse u oponerse eficazmente de las colonias holandesas e inglesas.
A la muerte de civiles franceses se unía la masacre de respetados jesuitas como apuntamos, resultando además escandaloso, tratándose de una orden patrocinada por la corona francesa. Toda Francia estaba impactada de los horrores de la Guerra de los Castores y de sus masacres, debiendo ser una conversación habitual en todos los círculos. Pensar que Hobbes, residente en esa nación desde 1640 hasta 1651 ignoraba de estos acontecimientos, sería ingenuo y hasta absurdo. Posiblemente las noticias llegaban de manera confusa, pero al tiempo presentaban un panorama caótico de devastación y violencia al otro lado del Océano.
El Leviatán de Hobbes en una de las obras de pensamiento político más universalmente conocida, discutida y estudiada, fuente a todo tipo de interpretaciones, desde las que la presenta como base del totalitarismo, hasta los que ven en ella el precursor liberalismo como hizo Leo Strauss. En nuestra opinión, es ante todo una obra utilitarista que en última instancia busca la paz y concordia entre los seres humanos. Se le ha denominado de pesimismo contractivo y es sin duda un referente obligado para todos los estudiosos de la filosofía y el pensamiento político. No obstante, no es este asunto lo que nos incumbe, si no de las posibles influencias que los sucesos en Norteamérica tuvieron en su obra y en la concepción de la violencia humana.
La primera cuestión que planteamos es que existe la posibilidad que Hobbes intuyera el matriarcado como forma original de la sociedad natural por noticias de estas tierras. El principio es que en el estado de la naturaleza no hay contrato: “el dominio corresponde a la madre porque en la condición de mera naturaleza, donde no existen las leyes matrimoniales, no puede saberse quién es el padre”, a menos que la madre lo declare (Hobbes, 1990, XX, p.164) esto es cercano a lo que luego diría Bachofen al afirmar que sin existir certeza sobre la paternidad, la filiación materna lleva a las madres a la apreciación colectiva, lo que a su vez conducía a la ginecocracia. Esto en mi opinión, podría ser un reflejo distorsionado tomado por Hobbes de las tribus de lengua iroquesa, en especial de los hurones que eran los más relacionados y en proceso de cristianización por los franceses y que el autor debía conocer por múltiples conversaciones. Los algonquinos como vimos estaban más cercanos al nivel de horda o banda menos evolucionado y con formas patriarcales, pero Hobbes los desconoce por algún motivo.
En cuanto a la violencia intrínseca del humano, para varios exegetas de su obra, los niveles de violencia que al autor le tocó vivir en Europa explicarían su redacción pesimista, por ejemplo y, en primer lugar, la Guerra Civil inglesa (1642 a 1646). Sin embargo, este conflicto fue poco destructivo, los combates se llevaron a cabo entre pequeñas fuerzas armadas y más o menos pagadas, no se dieron prácticamente saqueos, matanza, violaciones y ejecuciones, es decir, todo lo que consideramos propio de un conflicto del siglo XVII, dando en esto muestra los ingleses de notable pragmatismo. Por tanto, no podemos ver en ella al hombre agresivo instintivamente sobre el que fundamenta sus argumentos pesimistas, ya que además ese conflicto tenía motivaciones derivadas de enfrentamientos políticos muy evolucionados, como el que representaba la lucha por la soberanía entre la monarquía y el parlamento. Otra cosa diferente fue la contemporánea Guerra de los Treinta Años, cuyas brutalidades son de sobra conocidas y que quedarían reflejadas crudamente en los grabados de Callot o en la novela El Aventurero Simplicssimus de Hans Jakob Christoffel von Grimmelshausen. No obstante, esta no era tampoco una guerra entre pueblos primitivos, sino entre estados altamente desarrollados con capacidades de movilizar grandes ejércitos canalizando importantes recursos económicos para obtener fines políticos. Es un conflicto también muy evolucionado política y tecnológicamente hablando para ser la inspiración del hombre natural. La conquista de Cromwell de Irlanda podía entenderse en el mismo sentido. Realmente las brutalidades y saqueos durante ellos se debían sobre todo a la falta de pagas y al fallo de los nacientes estados nacionales a proveerse de los medios económicos necesarios para cumplir sus objetivos.
Nuestra idea por tanto es que la mirada del salvaje belicoso en un mundo caótico, la obtuvo de otro lugar, de otro continente, pero contemporánea y, durante su estancia en Francia como exiliado. Fue en este país donde fundamentaría sus ideas con base a los impactantes relatos que llegaban sobre los sucesos que estaban ocurriendo en esos momentos en Norteamérica vía los administradores de la Nueva Francia y los misioneros jesuitas.
Afirma Hobbes: “Los hombres aman la libertad y el dominio sobre los otros” (Hobbes, 1990, p.137) y continúa: “si los hombres desean la misma cosa y en modo alguno pueden disfrutarlo, antes se vuelven enemigos…tratan de aniquilarse o sojuzgarse unos a otros” (Hobbes, XIII, 1990, p.101) a lo que uno se pregunta si no se está refiriendo a las pieles de castor y prosigue diciendo que sin poder común, existe un estado de guerra: “que es de todos contra todos” (Hobbes, 1990, XIII, p.102). Pues: “siendo necesario…aumentar su dominio sobre los semejantes” (Hobbes 1990, XIII, p.101).
Esta visión negativa hace sin embargo reflexionar a Hobbes: “Acaso puede parecer que nunca existió un tiempo o condición en que se diera una guerra semejante y en efecto yo creo nunca ocurrió generalmente así” (Hobbes, XIII, p.103) pero especifica: “Los pueblos salvajes en varias comarcas de América…viven actualmente en un estado bestial al que me refiero” (Hobbes, XIII, p.104). Ese estado bestial era sin ninguna duda la guerra del Castor mencionada, ante esto la única solución: “es conferir todo su poder y fortaleza a un hombre o una asamblea de hombres” (Hobbes 1990, p.140). Es decir, en el Estado, en latín “Civitas”: “el terror que inspira es capaz de conformar las voluntades de todos ellos para la paz…” y mutua ayuda, “Y aunque, respecto a tan ilimitado poder, los hombres pueden imaginar muchas desfavorables consecuencias, las consecuencias de la falta de él, que es la guerra perpetua de cada hombre contra su vecino, son mucho peores” (Hobbes, 1990, XX, p.169). El Estado es una persona: "de cuyos actos una gran multitud, por pactos mutuos, realizados entre sí, ha sido instruida por cada uno como autor, al objeto de que puedan utilizar la fortaleza y medios de todos, como lo juzgue oportuno, para asegurar la paz y defensa común” (Hobbes, XVII, 1990, p.141).
Otra cuestión a señalar es que la Confederación iroquesa para cubrir sus enormes bajas adoptaba en muchos casos a los sobrevivientes de lengua iroquesa derrotados (pero no a algonquinos) integrándolos, pero no esclavizándolos, esto podría sugerir otra idea del escritor inglés, pues era sobre este escenario en el que parece inspirarse cuando habla del dominio por conquista, es decir, a quien es derrotado se le reconoce todavía libertad corporal, no es un esclavo, pues este no tiene obligación alguna (Hobbes, 1990, p.165) y especifica: “No es pues la victoria la que da el derecho del dominio sobre el vencido, sino su propio pacto”, no queda obligado por conquistado, sino porque compadece y se somete al vencedor (Hobbes, 1990, p. 165.).
Por último, otro autor que nos gustaría traer a colación en referencia al contexto histórico y cultural que envuelve a los autores es el suizo Jean Jacques Rousseau, en concreto algunas de las afirmaciones que contiene su obra más famosa: El Contrato social, que vio la luz en 1762.
No hay duda de que uno de los problemas que contiene el libro lo constituyen los pésimos pronósticos provenientes del determinismo geográfico que expresa sobre todo en el capítulo VIII, mediante el cual convierte los climas fríos en semillero de barbarie, los cálidos de despotismo y los intermedios que entendemos como templados serían por el contrario los que dan la buena política (Rousseau, 1976, VIII, p.271). El determinismo ambiental y en especial el climático surge con el pensamiento griego, este modela al hombre y a su vez a las sociedades (García González, 2005, p.313) teniendo entre sus primeros ejemplos a Hipócrates con sus ideas sobre la salud, aunque la mayoría de los autores lo combinaban con otras circunstancias. Este determinismo tendrá larga vida, siendo ejemplo en el XVIII Montesquieu. En todo caso, la experiencia muestra hoy en día que Canadá y Noruega están lejos de la barbarie y Australia no parece ser un despotismo. Sin embargo, donde sus opiniones parecen más desacertadas es en lo referente a la relación humana con el mar y lo que ello conlleva, así afirma de las naciones marítimas: “Si ocupáis extensas y cómodas riberas, llenad el mar de navíos, dad impulso al comercio y a la navegación, tendréis una existencia corta pero brillante” (Rousseau, 1976, II, X, p.237).
Si entendemos que Holanda primero, Gran Bretaña luego y Estados Unidos después emergieron como potencias, precisamente por serlo marítimas, no podemos hablar en sentido estricto de una existencia corta y limitada. En esto coincidía sin duda con la antipatía de Platón en Las Leyes al mar como espacio económico y político y como este Rousseau, hombre de mentalidad terrestre, nunca parece haber entiendo la conexión entre mar, comercio y gobiernos cada vez más incluyentes, emergidos de una clase comercial o burguesa. Relacionado con esto, tampoco muestra buenas previsiones en cuanto al tamaño de los estados: “siendo en general y proporcionalmente más fuerte un pequeño estado que uno grande” (Rousseau, II, IX, p.230.) atribuyendo esto a que la administración es más dificultosa y los impuestos más onerosos en los grandes (Rousseau; 1976, II, IX, p.230) además que es menos vigoroso, tiene menos afición al jefe y cuenta con leyes diferentes, en definitiva: “una nación demasiado grande se debilita y parece aplastada por su propio peso” (Rousseau, 1976, II, IX, p.231). La realidad empírica actual está lejos de avalar esos postulados.
No obstante, lo que deseamos resaltar es la sutil manipulación que Rousseau lleva a cabo en cuanto a su país de origen (si es que se puede afirmar que la Confederación Helvética era un país a fines del XVIII como ahora veremos). Muchos de los analistas del autor comentan de la añoranza por la sencillez, que rememora con aire nostálgico refiriéndose a su Suiza natal: “En tanto que varios hombres reunidos se consideran como un solo cuerpo, no tiene más que una sola voluntad y la común conservación y al bien general, todos los resortes del estado vigoroso y sencillos, la paz, la unión, la igualdad son enemigos de las sutilizas políticas”. Escribe igualmente, que un montón de campesinos arreglaba al pie de una encina los negocios del estado (Rousseau, 1976, IV, I, p.291). En mi opinión, bastantes estudiosos se han dejado llevar por la visión que trasmite el autor ginebrino sin pensar si esta correspondía a una realidad, ya que en verdad existían varias Suizas. Para sondear este aspecto hay que detenerse en la existencia de esa Confederación política y la división religiosa que se dio en su seno, Suiza.
En el siglo XIII algunos pequeños valles alpinos del centro de Europa se enfrentaron a la opresión de los grandes nobles y señores feudales rebelándose (a esto hace referencia la leyenda de Guillermo Tell) alcanzando su independencia, primero de manera práctica y luego con el transcurso del tiempo también formal y jurídica. A estos pequeños valles pastoriles y forestales, se les fueron incorporando con el paso del tiempo otros territorios más extensos y con ciudades de mayor tamaño como Zúrich y Ginebra. En una clara semejanza a lo que fue la Confederación Iroquesa, estos territorios estaban unidos en torno a políticas comunes que garantizara su independencia exterior frente a los grandes poderes, manteniendo sin embargo una estricta independencia interior.
Todo esto dio más presencia y prosperidad a la zona, sin embargo, en el siglo XVI se produce la mayor crisis de la unión hasta ese momento. Efectivamente, los cantones más extensos, con ciudades importantes y con emergente clase burguesa se pasan al protestantismo, caso primero de Zúrich y luego Berna, por el contrario, los cantones originales, pequeños, pastoriles y donde predominaba la democracia primitiva se mantienen férreamente católicos. Los intentos de Zwinglio de extender la reforma desde Zúrich terminaran con su muerte a manos de los católicos en la batalla de Keppel (octubre de 1531) creándose un statu que duraría siglos. Sin embargo, los católicos vencedores respetaron la autonomía e independencia de los derrotados con el fin de salvar la Confederación; simplemente tomaron las armas cuando Zwinglio quiso expandir sus ideas de manera agresiva.
Sería, no obstante, la ciudad de Ginebra en las décadas siguientes a Keppel la que se convertirá en la puntera de la reforma con la figura de Juan Calvino, exiliado francés que fue acogido y de hecho se hizo con todo el poder en alianza con las élites ginebrinas. Calvino es de los individuos especialmente admirado por Rousseau del cual afirma en una nota a pie de su texto: “los que consideran a Calvino como teólogo, no conocen bien la extensión de su genio. La redacción de nuestros sabios edictos, en los cuales tuvo mucha parte, le hace tanto honor como su institución” (Rousseau, 1976, II, VII, p.225 y nota ibid.). Ginebra se convirtió en los siglos siguientes en la Roma del protestantismo, dando además refugio a los huidos de otras partes, por ejemplo, los hugonotes (calvinistas franceses),ante la creciente intolerancia en Francia. Así lo hicieron los antepasados de Jean Jacques Rousseau y este no oculta sus simpatías respecto a su ciudad de nacimiento y sobre el calvinismo helvético en general, esto independientemente que fuera escéptico en materia religiosa. De hecho, según él, en Ginebra y Berna se cumple la voluntad general afirmando que los Cromwell hubieran sido encadenados por los berneses y el duque de Beaufort llamado al orden por los ginebrinos (Rousseau, 1976, IV, I, p.292).
Obviamente el autor prefiere callar que Calvino constituyó un estado oligárquico controlado por una élite y además teocrático, donde cualquier disidente podías ser ejecutado como ocurrió con Miguel Servet. Ginebra distaba de ser un ejemplo de democracia. La ciudad era gobernada por una minoría burguesa que no estaba dispuesta a compartir su poder, es más en 1782 hubo un intento llamado Revolución de Ginebra, que buscó dar entrada al gobierno a las clases populares, movimiento que terminó siendo reprimido por la oligarquía. Es de notar que Rousseau no dijera nada sobre este régimen oligárquico.
Afirma por otro lado, que la democracia en su rigurosa acepción nunca ha existido, pues el pueblo nunca puede estar siempre reunido y no puede delegar sin que la administración cambie (Rousseau, El Contrato Social, III, IV, p.252). Sin embargo, bien podía haber indicado que en su patria sí existían unos valles donde se aproximaban a ese ideal y estos eran los cantones primitivos y fundadores de la confederación (y férreamente católicos) donde las decisiones eran en asambleas, aunque quizá lo menciona indirectamente, al decir que la democracia solo es posible en estados: “muy pequeños” (Rousseau, 1976, III, III, p.251, y IV, p.253).
En la misma tónica, en el capítulo IV del Libro IV hablando de los comicios se remonta a los romanos, alaba la vida sencilla de las tribus rústicas frente a la ociosidad y cobardía de los burgueses de Roma, el amor por la agricultura, el desprecio por el comercio presentando en todo un cuadro idílico. De nuevo podría haber mencionado que existía ese lugar contemporáneo a no mucha distancia de su lugar de nacimiento, que en mucho se asemejaba a esa Roma rústica ideal, sin para ello tener que remontarse tanto en el tiempo, algo que como indicamos precisamente contrastaba con las oligarquías de Ginebra y Berna (Rousseau, 1976, IV, IV, p.302-305).
La sociedad que establece como ideal, donde las decisiones se toman de manera consensuada entre los habitantes mediante asambleas, que viven de una manera sencilla y frugal, no está representada precisamente por las ciudades burguesas y estratificadas de Ginebra y Berna gobernados por sus élites, sino por los pequeños cantones católicos ganaderos y forestales de Uri, Schwyz y Uterwalden. Ciertamente ningún espíritu ilustrado del silgo XVIII, incluido Rousseau, en pleno siglo de las Luces y además de orígenes y mentalidad calvinistas, iba a reconocer que en los pocos lugares en la Europa del XVIII donde existía una democracia o al menos algo que se aproximaba relativamente a esta, eran a su vez territorios que se destacaban por su catolicismo, como lo eran Schwyz o Uri. Esto, sin embargo, no era privativo de Suiza, otras regiones de los Alpes, como Voralberg y parte del Tirol compartían además del idioma alemán características similares en cuanto a la participación política y a su exacerbado catolicismo.
Precisamente esa democracia de toma de decisiones consensuadas de los habitantes en asambleas rurales, incluyendo los nombramientos para cargos de gobierno, fue la causa de la acerva crítica que hace Engels hacia estos cantones católicos en 1847 en el artículo llamado La Guerra Civil en Suiza publicado en la revista Deutsche-Brusseler-Zeitung, al incidir que su democracia primitiva era sinónimo de barbarie y debía ser sustituida por la democracia industrial moderna de corte liberal, asimilando este tipo de democracia con una forma retrógrada que solo servía para mantener el poder de la iglesia católica.
La primera cosa que consideramos es que Hobbes cuando reflexiona sobre la agresividad innata, no está basándose en pueblos en un estadio más cercano a la naturaleza (que antes se llamaban primitivos) es decir los que viven en hordas, son cazadores recolectores y conviven con niveles bajos de violencia, estos están muy lejos de la avanzada Liga en todos sus aspectos, desde el militar hasta el político. Sus meditaciones sobre el estado de guerra de todos contra todos y de la violencia intrínseca al ser humano, son posiblemente una imagen distorsionada en relación con la efusión de sangre a gran escala que se vivía en Norteamérica dentro del contexto de la Guerra del Castor. No es un comportamiento natural y primigenio del ser humano, sino en la lucha por los bienes que introducen los europeos y los recursos con que pagarlos. Es la mercancía pues el origen de la violencia desmedida y no algo consustancial a las personas. Si fuera así, se invalida en cuanto a la violencia humana parte del aparato del Leviatán.
La obra de Friedrich Engels donde trata el origen de la sociedad y el estado sigue siendo válida en muchos aspectos, uno queda asombrado de las intuiciones de algunas páginas, por ejemplo, la descripción sobre salida del hombre de África, siguiendo las costas y utilizando los recursos procedentes el mar, en especial mariscos y crustáceos (imprescindibles para alimentar un cerebro cada vez más complejo) son intuiciones que solo han quedado demostradas por la arqueología y la genética hasta siglo y medio después de que él las expresara. Sin embargo, en cuanto a los iroqueses creemos que no fue tan acertado, aunque esto se debe en mucho a su dependencia de Morgan. Engels se sirvió de los estudios de aquel sobre una tribu, los seneca, que antaño habían sido parte de la Confederación ya extinta y cuyas costumbres sociales se hallaban fosilizadas. Ve la existencia de rasgos matriarcales en lo que eran en realidad adaptaciones a necesidades específicas de las tribus que conformaban la Liga. La matrilineidad, matrilocalidad y el papel relevante de las mujeres, está en consonancia con las ausencias prolongadas de los varones, fundamentalmente debido a la guerra, pero también a las expediciones de caza. En todo caso, los iroqueses como evolucionada organización política, incluyendo una constitución, están muy lejos de poder indicarnos cómo era una sociedad primitiva.
Por último, Rousseau asimila Ginebra (y también Berna) con Suiza, obviando por completo a los cantones católicos suizos y su democracia participativa. Ocultar el régimen oligárquico de Ginebra y ocultar la opresión religiosa de esa ciudad es una clara manipulación. De orígenes familiares calvinistas que en su momento habían tenido que huir a Ginebra y aunque escéptico en religión, sin embargo, como hombre del siglo y como ginebrino, no estaba dispuesto a darles el más mínimo protagonismo en su Contrato Social, por lo cual tiene que recurrir a los antiguos romanos de la época de la república cuan bien los podía ejemplarizar en sus contemporáneos cantones suizos de Uri o Schwyz. Por otro lado, empíricamente sus presunciones sobre estados pequeños o no marítimos, han resultado de las peores profecías que hiciera filósofo alguno. Hombre de tierra adentro y hostil al desarrollo derivado del mar (como Platón) sus pasiones emocionales lo llevan a presentar conclusiones erróneas.
En definitiva, los grandes pensadores deben ser también pensados en sus contextos, cultura y sentimientos personales, incluyendo en ellos sus antipatías o fobias como la de Rousseau con el catolicismo. Si bien esto no cambia en nada el valor de sus obras, al menos sí puede y debe servir para esclarecer algunos de sus componentes. La excesiva dependencia de Morgan por parte de Engels, la incomprensión de la conflictividad en Norteamérica de Hobbes y la aberración a la religión romana de Rousseau son prueba de ello.
Aristóteles. (2008). La Política. México: Porrúa.
García González, José Antonio. (2005). El Determinismo ambiental en dos autores clásicos: Hipócrates y Heródoto, en: Baetica. Revista de la Facultad de Filosofía y Letras, 27, Málaga.
Divale, William and Harris, Marvin. (1976). Population, warfare and the male supremacist complex, en: American Anthropologist, N° 78, N.J. USA.
Engels, Friedrich. (1987). El origen de la familia, la propiedad privada y el estado. Puebla: La Red de Jonás.
Engels, Friederich. (1847). “The Civil War in Switzerland” en: Deutsche-Brüsseler-Zeitung, November, 14, Brüssel.
Harris, Marvin. (1987). Caníbales y Reyes. Los orígenes de la cultura. Barcelona: Salvat.
Hobbes, Thomas. (1990). Leviatán o la materia, forma, poder de una república eclesiástica y civil. México: Fondo de Cultura Económica.
Davies, Nigel. (1983). Sacrificios humanos, de la antigüedad a nuestros días. Barcelona: Grijalbo.
J.J. Rousseau, Juan Jacobo. (1976). El contrato social o Principios del derecho Político. México: Editora Nacional.
Seaver, James E. (1994). Relato de la vida de Mrs. Jemison, raptada por los indios en 1755 a la edad de doce años. Barcelona: Lunas.
[i] Esta constitución fue posteriormente puesta en papel por colonos blancos y gracias a eso la conocemos bien, aunque desafortunadamente no ha sido traducida al español.