Viajero Estacionario
Todos los faustos, el Fausto
Gonzalo Lizardo
Encarnado en mago o músico, en médico o poeta, en dictador o ciudadano cualquiera, Fausto se ha entronizado como el mito moderno más persistente, el más poderoso, el más trágico, el más humano: la historia del hombre que, en una especie de sacrificio invertido, ofrenda lo más valioso de sí a los poderes malignos. Hay un pretexto para justificar esta crónica tentación humana. Ante la negligencia con que Dios responde a sus plegarias, el Hombre se reconoce débil e impotente, y como tal procura la fortaleza y la potencia que el Demonio podría concederle.
Las andanzas de Fausto enraízan hondamente en la Historia. El libro de Job ya contiene sus elementos esenciales: un desafío de Satanás que pone en juego la salvación o la redención de un mortal. Según algunos exegetas, aquí Dios cede a la tentación que su rival le tiende; según otros, el Diablo no es sino instrumento divino para templar la fe de Job o punir su soberbia. En cualquier caso, apenas podemos hablar de un destino fáustico, pues aquí el hombre no es sujeto del Pacto, sino su don o su objeto. El Diablo, y no el hombre, se convierte en el verdadero héroe de la leyenda: un ángel recién caído, que desafía a Dios con la soberbia todavía intacta.
El siguiente Pacto, según Tzvetan Todorov, 1 le fue ofrecido al menos fáustico de los hombres. Como Mesías que es, ningún esfuerzo invierte Cristo para refutar al maligno. Lucifer ofrece poder absoluto sobre los reinos terrenales; a cambio, aspira a obtener el dominio eterno sobre sus creaturas. La oferta, de tan injusta, parece ridícula: sólo un necio trocaría el Todo por la Nada: la inmutable Eternidad por el corruptible Tiempo. Sin embargo, Jesús tiene células de hombre, sujetas a apetitos materiales, y necesitó, seguramente, una enorme voluntad para resistir la tentación y legar a sus fieles una lección de templanza y energía.
A partir de esta derrota, Satanás decidió que, de aquí en adelante, invertiría su retórica para seducir, no al creador, sino a su criatura predilecta.
Desde los inicios del cristianismo hasta el Medioevo, el Demonio enfrenta a los hombres más extraordinarios, desde Simón el Mago hasta San Cipriano de Antioquia. Se advierte de inmediato una anormal disparidad entre el sujeto y el objeto del Pacto. Estos Protofaustos truecan un alma que saben inmortal, para satisfacer sus deseos más terrenales: la sensualidad, la riqueza, el poder. Ante la pequeñez de sus anhelos, los engrandece su valentía: son los primeros hombres que emplean hasta el límite el don del libre arbitrio, del sacrosanto derecho a condenarse libremente.
Varía mucho el destino que aguarda a estos primeros fáusticos. Existen dos vías para romper el pacto y salvarle el pellejo del alma: se redimen gracias a un oportuno arrepentimiento, o gracias al suplicio punitivo del cuerpo. Existe una versión medieval del mito en la leyenda de Gilles de Rais, alias Barbazul, el mercurial aliado de Juana de Arco. Al presenciar, impotente, cómo ardía la Santa en la hoguera, Gilles abomina de Dios y la Bondad, e invoca el auxilio luciferino liberando todas sus energías destructivas. La empresa es terrorífica, pues el invocante sacrifica no sólo su propio cuerpo, sino cientos, quizás millares, cuerpos infantiles.
Tanto Huysmans 2 como Tournier 3 exhuman la ironía soterrada bajo esta leyenda. Todo indica que el Diablo, luego de proporcionarle generosos años de impunidad y locura, exigió el pago correspondiente: aprehendido por la Inquisición y sujeto a proceso, de Rais pagó cada uno de sus crímenes con la hoguera. Auxiliado por su propio arrepentimiento, por las plegarias ajenas y la intercesión de los santos, Gilles de Rais ha firmado un nuevo e invertido Pacto: si antes ofertó el alma para ganancia de su cuerpo, ahora mortifica el cuerpo para recobrar el alma. En otras palabras, el crimen y la maldad pueden tornarse en vía de nuestra salvación.
La absolución de Gilles de Rais revela las paradojas morales del cristianismo, que se multiplicaron conforme transcurría la Edad Media. Georges Faust, el modelo histórico del mito, nació quizás en Kneitlingen (¿1489?) y murió acaso en Staufen (¿1540?); su vida y su destino fueron marcados por el Renacimiento, la asimilación del Clasicismo y la Reforma Calvinista. Primeramente, los ideales renacentistas exigían que el hombre fuera el origen y el destino de sus propios esfuerzos, y hicieron de Prometeo el emblema de sus anhelos. Finalmente, la Teoría de la Predestinación le concedió a sus creyentes una coartada: sin importar lo bueno o malo que obraran, su salvación o su condena estaban ya escritos.
Ergo, si nuestro destino extraterreno es inamovible, no importa qué errores cometamos: podemos arriesgarnos a modificar nuestro destino terreno: robarle el fuego al Olimpo, diseñar alas artificiales para acercarse al sol, fundir en un mortero los componentes de la Piedra Filosofal. Por ello, el primer Fausto literario asume la figura del alquimista: el sabio que sintetiza el saber renacentista y la teología reformista: científico y filósofo, teólogo y nigromante, ansioso de transmutar la naturaleza para sus propios fines. Este Fausto alquimista aspira a un deseo más complejo que todos sus antecesores. Busca, sí, gratificar su sensualidad y su ansia de poder, pero también su hambre de conocimiento: develar los arcanos de la existencia, educir la geometría del macro y micro cosmos, condensar en su consciencia la grave arquitectura de las cosas.
Para la literatura, el doctor Fausto aparece en esta encrucijada histórica, justo cuando el Mito deviene Tragedia. En su obra teatral, Marlowe 4 caracteriza a su héroe con la helénica estatura de Ícaro: aún sabiendo que el sol derretirá la cera de sus alas, Fausto emblematiza al sabio humanista, al Übermensch que retando a Dios se anima a indagar las esferas más altas del saber, el poder y el placer. Consciente de sus limitaciones, no invoca al temible Lucifer, sino al minúsculo Mefistófeles: un diablo segundón: un sirviente que satisface órdenes, un consejero que aclara dudas, un acreedor que jamás condona: cuando la culpa, puntual e ineludible, se apersone al final del plazo, de nada servirá el sincero arrepentimiento del condenado.
Por esta desesperación, por esta desesperanza, el héroe de Marlowe puede equipararse con Edipo y con Hamlet. En su cuento “Las vísperas del Fausto”, 5 Bioy Casares recrea la angustia del pactante cuando las manecillas se aproximan a la hora fatal. Entonces intuye el doctor una argucia para posponer su condena: mediante un gesto nigromántico, Fausto regresa al instante de su nacimiento, dispuesto a revivir letra por letra su biografía —su infancia, su aprendizaje, el pacto, sus veinticuatro años de plenitud y la atroz agonía de su víspera. Pero, en el mismo instante del conjuro, el doctor adivina que evadirá el infierno, pero se condenará, fatalmente, a revivir una y otra vez, por siempre, el mismo terror, cíclico, inapelable, infernal.
Este salto anacrónico en la historia literaria consigue diferenciar dos componentes del mito: por un lado la ineluctabilidad del Pacto y por el otro el deseo de evadirlo. El Demonio exige que el pactante estampe con sangre su firma para asegurar su fidelidad a las cláusulas: es Fausto quien, como individuo, debe complacer y saldar su ambición con ese “peculiar líquido“ de su sangre. La excepción más notable a esta norma fue propuesta, ejemplarmente, por Johann Wolfgang von Goethe. 6 Escrita entre los albores y los crepúsculos del romanticismo alemán, esta novela, disfrazada de obra teatral, modifica radicalmente los actantes de la historia. Fausto no exige de Mefisto el mundano poder, el efímero placer, ni la fútil riqueza, sino la experiencia total de la vida: experimentar, dentro de su propio ser, la experiencia reservada a la humanidad entera. Como lo demuestra Marshall Berman, 7 este Fausto persigue, no la satisfacción de su Yo, sino su desarrollo: una evolución personal cuyo motor es la transformación integral del Otro .
Entre el héroe de Goethe y el de Marlowe, dos acontecimientos revolcaron el alma de Occidente: la Ilustración y el Romanticismo. Las luces ilustradas iluminaron en Fausto un deseo: el de edificar la Historia racionalmente, rompiendo las ataduras éticas, materiales y sociales que obstaculizan nuestra libertad. Las penumbras románticas, en tanto, le revelaron la poesía del instinto, la belleza de la pasión, el derecho a la locura. El Pacto satánico materializa este doble anhelo del hombre fáustico, y concilia el “doble corazón” que habita su pecho: comprometido consigo mismo, pero también con el prójimo, el pactante decide transformar el mundo satisfaciendo sus pulsiones.
Ergo, Fausto se salva, y evade su alma las zarpas de Mefistófeles.
No importa que haya corrompido a Margarita, que haya engañado emperadores, que haya afligido a Helena, que haya expoliado a sus súbditos: siempre fiel al romántico proyecto trazado por su ilustrado deseo, Fausto buscó siempre la salvación de sus semejantes… y lo hizo a cada instante, sin fatiga ni remordimiento. Su destino no encaja con ningún dogma católico ni protestante, pero coincide con los axiomas del panteísmo: esa fe materialista, ese ateísmo espiritual donde el bien y el mal, la destrucción y la creación, el caos y el orden, integran un mecanismo geométrico: un universo neutral, inocente, que crea para destruir y que destruye para crear… y lo hace a cada instante, sin fatiga ni remordimiento.
En opinión de Santayana, 8 Goethe indulta a Fausto porque hizo de su personaje el tipo de hombre que todo hombre debería ser. Desafiando a Dios, aliándose con el Diablo, flirteando con Margarita o con los poderes políticos, el autor alemán propone una idea sobrehumana de lo humano… una idea trágica, que no excluye el error ni el terror, el amor ni el dolor. No en vano, Goethe eligió el libro de Job como modelo intertextual. Los siglos que separan a Job del Fausto han propiciado una progresiva revalorización de la libertad y la voluntad humanas, ante una progresiva desvalorización del Diablo: es tan magnífico el Satanás que hiere a Job en el estercolero, como baladí el Mefistófeles que actúa a la sombra del héroe goetheano.
Se cierra aquí un ciclo milenario en la genealogía del mito, un ciclo que ha trastocado poco a poco las relaciones entre el individuo y la sociedad, entre el hombre y la naturaleza, entre el bien y el mal. El predominio del Fausto de Goethe sobre el alma occidental sólo entró en crisis cuando comenzaron a fracturarse los grandes Relatos de la Modernidad. Abandonada la fe en la Historia, en el Progreso, en la Verdad, vendrá el tiempo de replantear el mito. Advino en consecuencia un Fausto postmoderno, un pactante que desdeña los escenarios del mundo y persigue lo eterno entre los versos y partituras del arte. Pero de ello escribiremos después: cuando lo establezca el pacto.
Notas:
1. Todorov , Tzvetan, El jardín imperfecto. Luces y sombras del pensamiento humanista , Paidós, Barcelona 1999.
2. Huysmans , Jorris Karl, Al revés , Centauro, México, 1944.
3. Tournier , Michel, Gilles y Juana , Alfaguara, Madrid 1992.
4. Marlowe , Christopher, La trágica historia del Doctor Fausto, Losada, Buenos Aires 1998.
5. Bioy Casares , Adolfo, Historia prodigiosa , Emecé editores, Buenos Aires 1961.
6. Goethe , Johann Wolfgang von, Fausto , Cátedra, Letras Universales, Madrid 1999.
7. Berman, Marshall, Todo lo sólido se desvanece en el aire , Siglo xxi editores, 11ª edición, México1988.
8. Santayana , George, Tres poetas filósofos. Diálogos en el limbo , Editorial Porrúa, México 1994.