Roman Ingarden
La poesía, como dice Octavio Paz, es un
ideograma de significaciones, un manantial semántico, que en cada encuentro
acaricia al lector con un agua revestida de distintos sentidos. El poema de hoy
no será idéntico ni al de ayer ni al de mañana. La palabra literaria pervive
gracias a su poder de recreación. Según Ingarden, al ser una estructura
estratificada esquematizada, la obra es polifónica. Un poema se arma como un
bosquejo en espera de un lector que delinee aquello que sus palabras sugieren:
muestran y ocultan.
Frente a la obra literaria, la crítica
literaria de modo ineludible emite una valoración estética. La elección misma
de tal o cual autor para posicionarlo o no dentro del canon literario implica
ya un juicio de valor. No obstante, más allá del estudioso de la literatura,
está la obra; hay textos que perviven gracias o pese a la crítica. Entonces, es
válido preguntarse qué rasgos artísticos o estéticos posee aquella poesía que
trasgreda las barreras del tiempo, debate que desde La Poética de Aristóteles ha ocupado a teóricos, críticos e
historiadores de la literatura y en que se ubica la denominada por Vergara
Mendoza Estética fenomenológica de Roman Ingarden .
Ingarden (1893-1970), filósofo y teórico de
la literatura polaco, formado en el marco de la fenomenología trascendental de
Edmund Husserl, es considerado el precursor de las ideas que propician el
surgimiento de la neohermenéutica y la teoría de la recepción. En sus libros
fundamentales, La obra de arte literaria y La
comprehensión de la obra de arte literaria, este pensador se interesa por la ontología de la obra
y el proceso de lectura, se pregunta ¿qué hace a una obra literaria tal? y
“¿cómo se estructura el objeto de la comprehensión —la obra de arte
literaria?” (Ingarden, 2005, p. 16).
El momento de
gestación de Ingarden al lado de Husserl acontece durante el renacimiento de la
República de Weimar (1918-1933), periodo caracterizado por una gran producción
intelectual y artística en una Alemania que pretende resurgir tras la derrota
en la Primera Guerra Mundial. Es el tiempo del surgimiento de las vanguardias,
de Walter Benjamin y Thomas Mann. Por otro lado, en este periodo también se
gesta el estructuralismo checo alrededor del Círculo de Praga. Tanto Ingarden
como los estructuralistas buscan modificar el modo de estudiar la literatura y
determinar la esencia de ésta; el primero plantea el ser de la obra como una
interacción de estratos; los segundos, como la desautomatización de la lengua.
Para Ingarden la riqueza de una obra literaria reside en los
valores artísticos —estrategias utilizadas por el autor para fraguar la
obra— y en los valores estéticos —cualidades valiosas que surgen
del encuentro entre obra y lector—, que ella posea. La poesía se impregna
en el tiempo tanto por la genialidad del escritor como por el efecto que causa
en el lector. La presencia de estos valores “está determinada por ciertos
objetos que tienen la cualidad de proyectarlos con ayuda de otros que sólo
aparecen como soporte en la obra” (Vergara Mendoza, 2004, p. 80), asimismo, por
la competencia del receptor para identificarlos, es decir, el conocimiento
sobre aquello que constituye un valor y la capacidad de reconocerlo en la obra.
¿Qué
cualidades posee la obra literaria para considerarse artística y estéticamente
valiosa? Aunque cada una es única, posee rasgos que la hermanan con otros
textos literarios a su vez que la diferencian de otras artes y discursos como
el científico, las cualidades artísticas y estéticas forman la esencia de la
literatura, según Ingarden. Así, los valores artísticos se hallan en el ser de
la obra literaria misma, esto es, en su estructura; surgen “sobre la base de un
conjunto específico de cualidades valiosas y depende entre otras cosas de ese
conjunto tanto en cuanto el grado de su valor como en cuanto a su tipo”
(Ingarden, 1996, p. 82). “Son posibles porque el autor, al componer la obra,
considera los medios técnicos y la forma de posibilitar cualidades
estéticamente valiosas a través de las formaciones lingüísticas” (Mendoza
Pérez, 2010, p. 54).
La primera
cualidad artística valiosa de la literatura es su caracterización como objeto.
A diferencia de los objetos reales o ideales, ónticamente autónomos, es decir,
“independientes de aquellos actos de percepción de un sujeto psíquico que pose
su mirada en ellos” (Ruiz Otero, 2006, p. 15). la poesía es un objeto
heterónomo puramente intencional, no requiere del mundo real para existir, pero
sí de un sujeto psíquico para su concretización; se define como intencional,
puesto que apunta hacia algo “Tiene la fuente de su ser en los actos creativos de la consciencia
del autor y del lector y su fundamento físico en el texto fijado por escrito”
(Ingarden 1998, p. 28).
En
consonancia con la fenomenología trascendental de Husserl, Ingarden postula
que la obra se aparece al lector
como un fenómeno, una imagen fragmentaria que despierta los sentidos. Reconoce que el lector y la obra son dos
mundos que se enfrentan para complementarse. Afirma que en dicho encuentro se
necesita que el sujeto ponga entre paréntesis su creencia sobre la realidad del
mundo. Por tanto, “la función del lector consiste en prestarse a las
sugerencias y directivas que emanan de la obra, actualizando no cualquier
aspecto que escogiera, sino aquellas sugerencias por la obra misma” (Ingarden,
2005, p. 80).
La obra de
arte literaria se arma como “una formación esquemática
con puntos de indeterminación de distintos tipos y con un número infinito de determinaciones
positivamente asignadas a ella” (Ingarden, 1998, p. 28), valor artístico que
Ingarden llama opalescencia. El mundo
proyectado en la obra aparece cubierto por un manto que sólo permite apreciar
contornos. Para Iser, “los vacíos de un texto literario no son, de ninguna
manera —como tal vez se podría suponer— un déficit, sino que forman
un punto elemental de partida para su efecto” (Iser, 1987, p. 32); puesto que
gracias a ello no se agota la riqueza significativa de una obra y surge una
infinidad de objetos estéticos. El lector, como co-creador, completa partes del
bosquejo a la vez que delinea nuevos puntos de indeterminación.
Así, la
opalescencia, como valor artística, implica por parte del lector la
identificación de lo no dicho. En el caso de la poesía, a diferencia de otros
géneros literarios, cuya base es la metáfora, aquella construcción lingüística
polisémica, la indeterminación baña cada verso En los siguientes versos encabalgados del
poema “Alguien” de Jorge Luis Borges: “un hombre que no ignora que el presente/
ya es el porvenir y el olvido”, presentan varios espacios vacíos, entre ellos:
a) la identidad del sujeto lírico, b) la caracterización del hombre,
determinado por un artículo indeterminado y por la subordinación adjetiva en que
se especifica la acción del aludido, c) los posibles sentidos de los
sustantivos presente, porvenir y olvido. De este modo, el poema se abre a la
posibilidad de referirse a un ser anónimo consciente de las implicaciones del
ser en el tiempo, a la manera de San Agustín y Heidegger.
Esta
estructura esquematizada puramente intencional posee otra serie de cualidades
valiosas en cada una de las capas que la componen y en la interacción de las
mismas cuando se despliega temporalmente la obra. La
obra se compone de cuatro estratos: a) el fónico, b) el de las unidades semánticas, c) el de los aspectos
esquematizados y d) el de las objetividades proyectadas, que corresponde
propiamente al mundo que habita en la obra. Pese a que cada estrato difiere de
los demás y tiene una función específica, requiere de los otros para existir.
Dice Ruiz Otero “para entender bien la obra literaria, debemos estudiar las
relaciones de los estratos entre sí y no sólo las características de cada
estrato de manera independiente” (Ruiz Otero, 2006, p. 20). Ingarden aclara que
las cualidades valiosas de cada estrato varían de acuerdo a los diversos
géneros literarios.
Según Wellek, el estrato fónico,
constituido por los sonidos verbales, entendidos desde la lingüística
estructuralista como la imagen acústica —significante— que refiere
a una imagen conceptual —significado—, incluye “metro, patrones
fónicos, la fisonomía y el ‘sentimiento’ de las palabras características que
pueden ser clasificadas como ‘connotaciones’” (Ruiz Otero, 2006, p. 23). El
valor artístico aquí está dado por la manera en que se utilicen estos recursos
fónicos para evocar el mundo de la obra y causar un determinado efecto. Por
otro lado, esta capa cumple una función óntica, ya que es “la cáscara, externa
y fija, de la obra literaria” (p. 23), y fenomenológica, porque, gracias a él,
la obra se hace perceptible.
Para el caso de la lírica el estrato fónico
es el más relevante. La poesía seduce a través de imágenes sonoras. La
existencia y el valor artístico y estético de la poesía residen en el ritmo.
Una obra poética es “emoción convertida en ritmo” (Gómez Redondo, 2006, p. 61).
Así, cuando Xavier Villaurrutia escribe “amar es un angustia, una pregunta,/
una suspensa y luminosa duda”, la cadencia producida por la yuxtaposición de
elementos, la aliteración —presencia acuciante de fonemas— y un
patrón acentual dado por las palabras graves angustia, pregunta, suspensa,
luminosa y duda genera la sensación de tránsito de un estado de angustia a uno
de incertidumbre, no obstante, gozoso. El amor se representa como un enigma que
pese a su inefabilidad da sentido a la existencia.
Por otro lado, el estrato de las unidades
semánticas, el eje a partir del cual se generan el estrato de los aspectos
esquematizados y el de los objetos representados, se compone de las múltiples
significaciones actualizables al momento de la lectura a partir de la materia
fónica o lo que Ingarden llama sentidos verbales. La organización de unidades
lingüísticas determina la representación de los objetos proyectados. Por ello,
las cualidades de valor de este estrato son fundamentalmente dos: a) dota de
coherencia, puesto que cada unidad en relación con las demás cierra y abre
posibilidades de sentido, y b) aquí reside la esencia y el encanto del estilo
particular de cada autor. En literatura lo esencial es el cómo se dice, el
artilugio lingüístico. Gracias a este estrato, la obra literaria “nos sorprende
en cada verso, pues la palabra danza en la poesía, nos hace danzar con ella,
vemos la tensión en que se encuentran los sonidos, las palabras, la oración”
(Vergara Mendoza, 2001, p. 90).
Cuando Jaime Sabines susurra al oído del
lector: “[La luna] es buena como hipnótico y sedante/ y también alivia/ a los
que se han intoxicado de filosofía”, cada palabra se colorea por su contexto
lingüístico y sugiere posibles sentidos. Los vocablos elegidos y la sintaxis en
que predomina la coordinación sobre la subordinación reflejan una pluma
sencilla, que pretende forjar una poesía para todos.
En los versos citados, la luna, vocablo con
fuerte carga simbólica, es caracterizada como una medicina, puesto que se le
asemeja con un hipnótico y un sedante, fármacos que disminuyen la excitación
nerviosa o sueño, y, asimismo, se le atribuye la cualidad de aliviar a los
adictos a la filosofía. Así, los sentidos verbales, además de reflejar el
estilo del poeta, sugieren posibles significaciones: la luna como símbolo del
sueño y, en oposición a la filosofía vinculada con lo racional, del
inconsciente. Esta carga simbólica, con peso negativo para Chevalie, en el
poema de Sabines se vuelve positiva, puesto que el espacio de lo diurno y lo
consciente se consideran el malestar.
El estrato de los aspectos esquematizados y
el de los objetos representados están íntimamente unidos. El primero representa
la máscara de indicios que conforma al segundo. El mundo de la obra literaria
no aparece como un todo acabado, sino sólo esquematizado, cualidad nodal de la
literatura. El segundo se conforma de “objetos derivados, puramente
intencionales, proyectados por las unidades de sentido”, pero sólo de manera
esquemática, ya que son “segmentos de un mundo todavía en gran parte
indeterminado” (Ingarden, 1998, p. 260).
Así en literatura el tiempo y el espacio
aparecen co-representados, es decir, como una ilusión de continuidad. La obra
sólo aporta puntos orientacionales, veletas espacio temporales para el lector.
Aunque indeterminado, el mundo literario posee un habitus de realidad, genera el espejismo de que efectivamente ese
universo es posible. Sin embargo no es así; por tanto, las proposiciones
literarias representan cuasijuicios.
Para Ingarden el valor artístico del estrato de aspectos esquematizados está en
la elección de “mantener-listos” tales o cuales rasgos de los objetos
representados, es decir, en aquello que se manifiesta y se oculta, cualidad que
al igual que el estrato de las unidades de sentido aporta elementos al estilo
del escritor.
En estos versos de Octavio Paz “dos cuerpos
frente a frente/ son a veces dos olas/ y la noche es océano”, lo afirmado por
la voz poética representan cuasijuicios, puesto que su veracidad no reside en
la alusión de un referente externo al mundo proyecto en la obra, sino en el
hecho de generar en el lector la sensación de realidad. El lector, entre las
páginas, imagina una voz que dice estos versos y un mundo en que ellos son
válidos. Estos cuasijuicios bosquejan
un universo con un tiempo y un espacio co-representados. La temporalidad en que
se enfrentan los dos cuerpos no está determina, se hace uso de un presente
atemporal, eterno, sin ubicación precisa dentro del devenir histórico. Por otro
lado, la espacialidad tampoco aparece definida, la localización de los objetos
representados, los dos cuerpos, es ambigua. La calidad artística aquí reside en
la construcción de una imagen que va del primer plano al segundo: de los
amantes a la inmensidad oceánica. Los objetos, los dos cuerpos, aparecen sólo
esquematizados, sin geografía ni nombre.
Durante la lectura, la interacción entre
los estratos a través de la organización secuencial de la obra produce una
armonía polifónica, que revela las cualidades metafísicas, aquellas emociones
que arroban la existencia humana como el amor, la soledad, la muerte, la
angustia. Ingarden afirma que “el arte, en particular, puede darnos, por lo
menos en microcosmos y como reflejo lo que nunca podemos alcanzar en la vida
real: una calmada contemplación de las cualidades metafísicas” (Ingarden, 1998,
p. 344). Como para que emerjan dichas cualidades la obra ha de ser leída, la
armonía polifónica aparece ya como un valor estético de la obra. Por ejemplo,
entre los versos antes citados se halla el amor en Villaurrutia, la
irracionalidad en Sabines y el erotismo en Paz.
Los valores artísticos residen en el
esqueleto literario, son las estrategias lingüísticas que el autor pone en
juego en su producción literaria; corresponden en su mayoría a lo que la
filología clásica ha llamado estilo. La identificación de los mismos no puede
llevarse a cabo de manera aislada por estrato; como se muestra en los ejemplos
aquí analizados, cada estrato se vincula con los otros para que emerja el mundo
que habita entre las páginas de una obra literaria.
Dentro del proceso de lectura, según el
pensador polaco, hay diversas formas de aprehender la obra literaria: una
lectura meramente consumista —centrada sólo en la reconstrucción de la
anécdota—, un conocimiento reflexivo pre-estético de la obra, la
experiencia estética como tal y el
conocimiento reflexivo de la concretización como portadora de valor. Durante la
segunda se identifican los valores artísticos, puesto que se centra en el
reconocimiento de las propiedades del texto y el lector presenta ahí una actitud
científica (analítica), es decir, se analiza la estructura de la obra. No
obstante, como acota Ingarden, la lectura analítica, aunque no siempre es así,
requiere partir de una experiencia estética.
Para determinar la validez de este
conocimiento pre-estético, afirma Ingarden que hay que fundamentar nuestras
aseveraciones tan firmemente como sea posible sobre la materia dada (esto es,
sobre la obra de arte literaria y su reconstrucción). Al respecto Jauss propone
que “la obra debe permanecer como instancia de control de todas las
constituciones de sentido” (Jauss, 2012, p. 178), lo cual permite tender un
puente intersubjetivo que legitime a la crítica literaria.
En otro tenor, los valores estéticos
emergen del encuentro del mundo de la obra con el del lector, no aparecen en la
obra en sí sino en el objeto estético elaborado durante la lectura, en una de
sus concretizaciones. Su aparición y riqueza provienen tanto de la obra como de
la competencia literaria del lector. Los valores estéticos, por tanto, han de
buscarse en el efecto, en el modo en que la obra con-mueve. La comprehensión “debe entenderse como un
tipo de comercio intelectual con la obra” (Ingarden, 2005, p. 19), ya que se da,
como propone Gadamer, una fusión del horizonte de la obra con el del lector.
La epifanía de los valores estéticos se da
cuando el lector vive una experiencia estética, un encuentro místico con la
obra. El texto arroba a tal punto al sujeto psíquico que en él surge el deseo
de preguntarse por qué ese universo lo seduce. “Nos sentimos inclinados a ver,
nos sentimos amorosamente dispuestos a ver” [p.23]. La experiencia estética se funda en la habilidad intuitiva del lector para
obtener los valores estéticos generados por el mecanismo artístico que
configura la obra de arte literaria, así como de vincular su universo con el
del texto, como si “todo encuentro con una obra de arte significara un
encuentro con nosotros mismos” (Gadamer, 1996). El valor estético se relaciona con el
efecto que el texto produce en el lector.
Cabe
aclarar que la competencia creativa del poeta y del lector se forja en el marco
de una cultura y un tiempo determinados. La obra en sí
es un artefacto que se convierte en objeto estético durante la lectura; se
actualiza en diversos modos de acuerdo a las circunstancias en que se
comprende, ya que es un fenómeno histórico que habita en un sistema de normas
estéticas y valores socioculturales que afectan su significación, denominado
por Jauss horizonte de expectativas.
La percepción de una obra como valiosa cambia entre épocas, culturas,
comunidades de escritores y lectores, hasta en el devenir de un mismo lector;
la pervivencia de una obra pende del tejido de su propia estructura, del que
sea o no significativa en diversos momentos. El horizonte de expectativas es
ampliamente estudiado por la Estética de la recepción.
En síntesis la estética fenomenológica es
una propuesta holística, puesto que vincula cada uno de los componentes de la
obra entre sí y con la concretización hecha por el lector para emitir un juicio
de valor. Dentro de los estudios literarios el abordaje de las obras literarias
en sí mismas es indispensable, puesto que ellas representan el punto de llegada
y partida del campo literario. Además de esto, a los críticos, teóricos e
historiadores de la literatura permite estar conscientes de su papel activo en
la reconstrucción de este entramado, la develación de los valores artísticos y
estéticos depende de la competencia literaria del investigador, de su acervo
cultural y sus propias experiencias vitales. El lector es aquella costa que las
olas literarias bañan; el oleaje se reelabora continuamente. Como la paradoja
de Heráclito, en las mismas obras entramos y no entramos, pues somos y no somos
los mismos.
Notas
Bibliografía
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México: Universidad de Colima/Praxis.
RUIZ OTERO, Silvia.
(2006). Hermenéutica de la obra de arte literaria:
comentarios a la propuesta de Roman Ingarden. México: Universidad
Iberoamericana/Eón.
VERGARA
MENDOZA, Gloria. (2004). Palabra en movimiento, Principios teóricos para la narrativa oral.
México: Universidad Iberoamericana/Praxis.