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El arte del ruido /
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Un tópico muy difundido (sobre todo entre aquéllos que invirtieron
la vida dominando un instrumento) considera que la música sólo existe como pretexto
para que el instrumentista manifieste su virtuosismo. Este sofisma amplifica su
error cuando se confunde la maestría de un intérprete con su velocidad (lo cual
implicaría reducir el oficio del Arte a mero récord Guiness).
Si se aplicara la definición de cierto novelista irlandés que considera al arte como «la disposición voluntaria de la materia sensible con un fin estético»,1 se deduciría que ni las notas musicales, ni los dedos del violinista, ni las
cuerdas vocales del cantante, constituyen la «materia sensible» de la música,
la cual está conformada, en un sentido más amplio, por todas las posibilidades
del sonido (entendido como una
sumatoria de la frecuencia, la intensidad, la duración y el timbre) cuando se
somete a una estructura temporal (rítmica, melódica y armónica) elegida por el
artista para producir un resultado estético, e inducir en el escucha una
determinada emoción, una cierta parálisis.
Durante siglos,
a partir de las indagaciones pitagóricas, Occidente había confundido el arte
musical con la teoría casi matemática de la tonalidad, ese sistema de notas,
escalas, corcheas y semicorcheas que se pretendía universal. Como se sabe, este
reduccionismo entró en crisis con los hallazgos tonales de Debussy (sus escalas
de seis tonos) con el atonalismo de Schönberg (sus escalas de doce semitonos) o el microtonalismo de Julián Carrillo (y su sonido trece).
Aunado a esto, el redescubrimiento de las músicas no occidentales (en especial
la árabe, la africana y la oriental) impulsó a los músicos a discernir, por un
lado, alternativas a la tonalidad occidental y, por el otro, a buscar nuevos
timbres, pues la tradicional orquesta sinfónica, con sólo tres categorías de
instrumentos (cuerdas, vientos y percusiones), cada vez resultaba más limitada.
Por ello escribió el futurista Luigi Russolo su manifiesto L’arte dei rummori, publicado en 1913: «Al principio, el
arte musical buscaba la suave y límpida pureza del sonido. Amalgamaban
diferentes sonoridades para interesar el oído con suaves armonías. Ahora, el
arte apunta a las más penetrantes, extrañas y disonantes amalgamas de sonidos.
Nos aproximamos al ruido».2 De acuerdo a Russolo,
el hombre tenía acceso a un menor número de ruidos en el pasado y casi todos
tenían origen natural. Como buen futurista, suponía que el desarrollo de la
música, si quería reflejar la vida, debería ser paralelo al incremento de la
maquinaria en el ámbito humano, pues nuestro oído (anestesiado por la cacofonía
del mundo moderno) requería de mayores estímulos que los otorgados por la
música tradicional:
por esto obtenemos mayor placer imaginando combinaciones de
sonidos de tranvías, autos y otros vehículos, y ruidosas multitudes, que
escuchar una vez más, por ejemplo, las sinfonías heroicas y pastorales (...)
¿hay algo más ridículo en el mundo que veinte hombres esclavizados para
multiplicar el lastimero maullido de los violines?3
Para manipular el ruido con un fin estético, Russolo proponía regular armónica y rítmicamente los más variados sonidos, destruyendo
sus irregularidades vibratorias y manipulando su tonalidad mediante el uso de
las leyes físicas del sonido. Este visionario sueño pronto sería posible
gracias al desarrollo de nuevas tecnologías. En ese sentido, el físico ruso Lev Sergeivitch Termen,
como inventor del primer instrumento electrónico, es considerado el pionero de la música electrónica. Su theremin era un
dispositivo tan sutil y tan sencillo que el intérprete ni siquiera debería
tocarlo para extraerle su peculiar sonido: tenía que «esculpir el aire» alrededor
de sus antenas. En 1927, Termen cambió su nombre por
el de Leon Theremin, emigró
a Estados Unidos y en compañía de la virtuosa thereminista Clara Rockmore efectuó exitosos recitales por todo el
país. A pesar del éxito, no pudo popularizar su instrumento: antes de que
firmara un contrato para fabricarlo en serie, unos agentes soviéticos lo
secuestraron y se lo llevaron a la Unión Soviética donde trabajó el resto de su
vida «limpiando» las cintas magnetofónicas obtenidas por los espías de la KGB.
Aunque Clara Rockmore grabó con él algunos discos de
música clásica, y los Beach Boys lo utilizaron para
su canción «Good vibrations»,
el sonido del theremin se asocia, sobre todo, con las
películas de ciencia ficción de los años cincuenta.
Poco después, Philip Moog le integró al theremin un teclado y diversos módulos para modificar la
forma, amplitud y frecuencia de onda: desarrolló así el primer sintetizador,
instrumento que inaugura la electrónica musical. Esta historia nos demuestra
que las ideas musicales están tan esclavizadas de los instrumentos como la
ciencia de sus dispositivos experimentales: ¿cómo imaginar a Mozart sin la
invención del piano? ¿Cómo explicar a Paganini sin ese prodigio tecnológico
llamado violín Stradivarius? ¿Cómo imaginar un arte del ruido sin la invención
del magnetófono y del sintetizador? Así lo explica el francés Pierre Schaefer, pionero de la música concreta:
En efecto,
dos modos insólitos de producción sonora, conocidos bajo los nombres de música concreta y música electrónica, nacieron casi en el mismo momento, 1945 y 1950,
respectivamente, y a ellos se vino a unir en seguida un poderoso auxiliar: el
ordenador [...] La música concreta pretendía componer obras con sonidos de
cualquier origen (especialmente los que se llaman ruidos) juiciosamente
escogidos, y reunidos después mediante técnicas electroacústicas de montaje y
mezcla de las grabaciones. [...] Inversamente, la música electrónica pretendía
efectuar la síntesis de cualquier sonido, sin pasar por la fase acústica,
combinando, gracias a la electrónica, sus componentes analíticos que, según los
físicos, se reducen a frecuencias puras dosificadas en intensidad que
evolucionan en función del tiempo.4
De acuerdo a Schaeffer, el magnetófono
no sólo permite fijar cualquier sonido concreto para escuchar con toda atención
sus características, sino también la manipulación de su frecuencia, su
intensidad, su duración, su timbre y su ritmo (para lograrlo, los músicos
utilizaban varios discos de surco cerrado, que permitían repetir los ruidos una
y otra vez, a la velocidad deseada, mientras los mezclaban con otros: algo
similar a lo que hacen los disc-jockeys de la actualidad con sus tornamesas).
Pero lo más importante es que el magnetófono permite emprender una «lingüística
estructural» de la música, en tanto revela que se trata de un discurso
estructurado de objetos sonoros. Asimismo, el sintetizador no sólo nos
posibilita para crear y recrear cualquier instrumento real o virtual, sino que
nos ayuda a desprendernos de ese tabú que nos empuja a asociar el sonido puro
con la imagen visual del instrumento que lo produce, y nos revela las raíces
físicas de la música.
Luciano Berio sintetizó ambas posibilidades en 1958 con su pieza Thema (omaggio a Joyce).
Utilizando como fuente una voz femenina que leía el capítulo once del Ulysses, el autor
comienza a distorsionar, interferir y sobreponer sílabas, palabras, sonidos
electrónicos, aprovechando que el texto, consagrado por Joyce a la música,
abundaba en juegos fonéticos, políglotas, semánticos y
rítmicos. Mediante este experimento, Berio pretendía
tender puentes entre la poesía y la prosa, la música y el ruido, pues «a veces descubrimos, de hecho, más poesía en
la prosa que en los poemas mismos, y más “música” en la pronunciación fonética
y en los ruidos que en los sonidos musicales agrupados armónicamente».5
A pesar de sus
logros, pronto la música concreta y la electrónica, en manos de los
compositores de conservatorio, revelaron sus defectos.
Según el propio Schaeffer,
la reflexión de ambas músicas giraba alrededor de un error
común: la fe que se tenía en el triángulo y en la descomposición del sonido,
para unos en series de Fourier, y para otros en “ladrillos de sensación”.
Entonces unos trabajábamos en construir robots y otros en disecar cadáveres. La
música viva estaba en otra parte y sólo sería para aquéllos que sabían evadirse
de estos modelos simplistas.6
Resultado de este fracaso, por exceso o defecto de timbre, de
registro o de juego, estos movimientos no lograrían revolucionar el sacrosanto
ámbito de la música culta. Más importantes resultaron la rebelión polirrítmica de Igor Stravinski y los experimentos de Edgar
Varèse,7 John Cage y de Eric Satié. Pero tal vez la revolución más
fértil y exitosa surgió desde abajo, desde la música popular, desde el jazz, el
blues y, mucho después, desde el rock —quien revitalizaría los hallazgos de la
música concreta y electrónica, al aderezarlos con mucho ritmo y mucho sentido
del humor.
Sería laberíntico rastrear la influencia de la electrónica y la
música concreta en el amplio y tortuoso camino del rock. Para variar, fueron
los Beatles los primeros en utilizar los samples y loops8 en el estudio, cuando grabaron «Tomorrow never knows», la canción final del álbum Revólver. Asimismo, los Doors se
convirtieron en pioneros al utilizar el sintetizador en «Strange days» (la canción inicial del álbum homónimo), Jimi Hendrix hizo maravillas
electrónicas con su guitarra y voz en «1983 (a merman I shoud turn to be»
(del álbum Electric ladyland),
y para 1972 Brian Eno comenzaba sus experimentos al
lado de Roxy Music. Sin
embargo, quien integró de manera masiva y definitiva el magnetófono y la
electrónica al rock, fue Pink Floyd. Así lo
demuestra, desde sus inicios, la canción «Several species of small furry animals gathered together in a cave and grooving with a pict», anticipo
radical y extremo de una búsqueda que culminaría con The dark side of the moon—obra maestra, a
gran escala, de su singular fusión.
Al paralelo de Pink Floyd y del rock progresivo (que en su gran mayoría
utilizaba el sinte como si fuera un órgano
extravagante), en Europa se gestó un movimiento que cimentaba su sonido en la
síntesis analógica, los vocoders, los arpegiadores, las cajas de ritmo y las cintas magnéticas.
Comandados por el francés Jean Michel Jarré (cuyo primer álbum, Oxygene, es para muchos el mejor disco
electrónico en la historia del rock) y por el grupo alemán Tangerine Dream, un gran número de músicos se esforzaron por
convertir al rock en vanguardia musical, mediante la tecnológica elaboración de
largas y minuciosas piezas que se eslabonaban para formar álbumes conceptuales,
unitarios.
Tras esta
generación de Can, Tuxedomoon, Klaus Schulze, Vangelis, Synergy y Peter Hamill —que
dominara los años setenta—, pronto advino, con canciones más breves, rítmicas y
directas, la generación del techno pop, afín a los
movimientos punk y new wave: Gary Numan, Devo, Ultravox, John Foxx, Joy Division,
New Order, Depeche Mode y, sobre todo, Kraftwerk. Aquellos que calificaban de fría e intelectualoide a la música electrónica tuvieron que retractarse cuando este grupo germano
arribó con su disco Autobahn a las listas de popularidad. Caso insólito, la música afroamericana
(acostumbrada a influir, no a ser influida) jamás desde entonces volvería a ser
la misma: el rap y el hip hop se calentaron cuando los disc-jockeys negros
pusieron en sus tornamesas los acetatos de Kraftwerk.
Es en este
momento cuando se reúnen cinco músicos con la consigna de hacer un grupo a
contracorriente del pop y al margen de la moda, un grupo sin cantante líder,
con integrantes que jamás mostraran el rostro, con música que fuera «el eslabón perdido entre los Monkees y Talking Heads, entre Abba y Kraftwerk,
entre Frank Zappa y los Archies».9 No
sólo tomaron su nombre del texto de Luigi Russolo, The Art of Noise,
sino también su objetivo general y algunos de sus principios específicos: el tema
que inaugura su primer mini LP, Into battle (1983), representa la «orquesta de una gran
batalla» descrita por Russolo en su manifiesto. El
disco es muy versátil, y mantiene un equilibrio dinámico entre el ruido
(maquinarias, autos y voces) y la música (generada con sintetizadores), entre
las atmosféricas melodías meditativas (como «Moments in love», el tema que Madonna eligió para su boda) y
los arquetípicos ritmos detonantes (como «Beat box» o «Flesh in armour»). Por ello, a esta pequeña colección de ruidos y rompecabezas musicales,
se le considera la raíz que alimentaría —al menos— dos de las corrientes más
importantes en la actualidad: el ambient y el drum’n’bass.
Su primer álbum
de larga duración, Who’s afraid of the Art of Noise? (1984), los
consolidó como una banda proyectada hacia el futuro: aunque no rompieron
récords de ventas, su música no pasó desapercibida para las nuevas
generaciones. Doce años después, por ejemplo, Prodigy alcanzaría las listas de popularidad con la incendiaria «Firestarter»
(incluida en The fat of the land), que no es sino una
nueva versión de «Close (to the edit)». Por otro lado, The Art of Noise no sólo influyó
con su música, sino también con su actitud: desde un principio decidieron que
no aparecerían en sus videos y que en las fotografías serían representados por
llaves inglesas, por rosas y por Sigmund Freud. Para
el ambiente de la música pop —dominado por el culto a la imagen del cantante y
el músico, por los conciertos masivos con pantallas gigantes— esta decisión no podría
ser más provocadora. Pero gracias a ella podemos explicar la existencia de
artistas como Daft Punk, Chemical Brothers, Mantronix, Moby o The Future Sound of London, semiescondidos detrás de su música, de sus computadoras, teclados y samplers,
para demostrarnos que su música es más importante que su peinado rojo o sus
ojos azules.
Por ello, a
mediados de los ochenta, cuando The Art of Noise decidió convertirse en un grupo más visible, Paul Morley y Trevor Horn (exintegrante de Yes y The Buggles), abandonaron provisionalmente el proyecto,
mientras que los otros tres, Anne Duddley,
Gary Langan y JJ Jeczalic firmaban contrato con China Records para grabar sus siguientes producciones en
1986 In visible silence y, en 1987, In no sense? Nonsense!, otra obra maestra con temas como «Opus for 4», «Crusoe» y «Ode to don José» que los consolidaron como clásicos e
innovadores de la música ambiental. En 1989, después de producir Below the taste y
el sencillo The art of love,
decidieron empacar sus instrumentos y tomarse un descanso —que Anne Duddley aprovechó para
componer el score de la película The Full Monty, y embolsarse el respectivo Oscar de la Academia.
Este silencio
se prolongó durante todos los años noventa, hasta que Anne Duddley, Trevor Horn y Paul Morley decidieron hacer un álbum sobre Charles
Debussy, considerando que esa sería «la
manera más intrigante de hacer un álbum que celebrara y resumiera la música del
siglo XX, pues Debussy fue la influencia primordial del siglo, desde Duke Ellington a Miles Davis,
desde Bill Evans hasta Gil Evans, desde los Carpenters a los Cocteau Twins, desde
Brian Eno hasta Bernard Herrman».10 La
idea sonó tan extraña que invitaron a Lol Crème (ex esposa de Horn) para
resucitar The Art of Noise y meterse al estudio. El resultado de su entusiasmo se titula The seduction of
Claude Debussy, y ellos lo describen como
un álbum inspirado por el romance, la sorpresa,
la inteligencia, el radicalismo, el alma, la modernista lujuria y la diáfana
musicalidad de Debussy, de la misma manera que él a su vez fue inspirado por
los artistas que lo rodeaban, como Baudelaire, Cézzane, Rimbaud, Verlaine y Picasso
[...] El nuevo álbum está conducido por el mismo perfeccionismo retorcido, la
misma concentración intoxicada, la misma necesidad de experimentar y la misma
fe en el misterioso poder de la melodía y el ritmo. Es […] el soundtrack de una película que no existe y nunca se hará
sobre la vida de Claude Debussy, un soundtrack sobre
la sensación de transferencia entre un siglo y otro, un soundtrack sobre la idea de que el futuro será diferente […] Un hecho concreto, fantasía
pura, trece canciones de diversa duración, grabadas en technicolor,
el eslabón perdido entre The Art of Noise de 1983 y The Art of Noise de 2034, y el sonido de un grupo que usa el estudio como una máquina del
tiempo.11
Sí, The Art of Noise habita en el futuro como si fuera su casa y desde ahí componen música para el
presente, pero con la esperanza de anclar en el pasado: por algo eligieron una
pintura de Ucello como portada para su primer disco.
La carga intelectual que nutre sus conceptos se compensa —y se refuerza— con su
ingenio, su frescura, su fe en el ritmo y la melodía. Lejos del humorismo
involuntario que emanaban los futuristas italianos o de la seriedad que
petrificaba a los experimentalistas electrónicos y concretos, The Art of Noise ha cumplido con
creces sus objetivos. Al margen de la moda y los medios masivos, por un lado
creó una obra de subterránea y profunda influencia y, por el otro, impuso en la
práctica un venerable principio del arte moderno: la impersonalidad de la obra, la
desaparición del artista detrás de su creación.
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